Cuando el libro se convierte en obra

/ 4 marzo, 2015

Los libros han sido utilizados generalmente para socializar signos lingüísticos y pueden considerarse el soporte por excelencia para la circulación de la información antes de la llamada “era digital”. Ese conjunto de páginas ordenadas por una secuencia, también ha conseguido insertarse en los predios de la producción plástica. Desde que los artistas entendieron que para hacer arte no era imprescindible el óleo o el mármol, casi cualquier cosa ha sido susceptible de convertirse en “obra”. Una acción o un objeto cotidiano, fueron refuncionalizados con un fin estético y lo mismo ha sucedido con el libro, cuya lógica singular, ha ofrecido múltiples posibilidades creativas.

De diversas formas se ha asumido este elemento, para dar lugar a una especie de “manifestación” dentro de las artes plásticas, que no puede ser sino híbrida y contaminada -en el buen sentido-. En Cuba es un tipo de producción difícil de localizar, ya que se trata generalmente de momentos puntuales en la poética de un creador; aunque no han sido pocos los que se han acercado a esta manera de hacer.

¿Pero cómo es que el libro se convierte en obra y viceversa?

En primer lugar, es innegable la relación que se establece con la literatura. Así podemos encontrar ejemplos en los que el vínculo entre la imagen y el texto es más bien bilateral, de reciprocidad significativa. Una de las personas que más ha estado vinculadas a este quehacer ha sido el crítico Orlando Hernández, quien tiene a su haber un grupo de obras, realizadas a cuatro manos con importantes creadores de la plástica cubana. Generalmente, su participación ha sido desde la palabra, compartida con imágenes de José Bedia o Lázaro Saavedra, por ejemplo.

Otra de las conexiones que se puede reconocer es con el grabado, -que ha dado lugar a la idea errónea de que los libros-arte son un género privativo de los artistas gráficos, aunque no es menos cierto que en nuestro contexto, han sido ellos quienes con más frecuencia han incursionado en esta área, sobre todo, debido al conocimiento y manejo constante de las técnicas de reproducción que les permite una mayor familiaridad con este soporte. Artistas como Ibrahim Miranda, Sandra Ramos, Anyelmaidelín Calzadilla o Hanoi Pérez, han utilizado diferentes técnicas para producir obras-libros como la serigrafía o xilografía.

Aun así, existen otros creadores que dinamitan morfológica o conceptualmente el libro. Bajo la idea de la secuencialidad, la temporalidad inherente y expresada en el conjunto de páginas organizadas una después de otra, han ofrecido propuestas que mezclan diversos procedimientos. Podemos encontrar ejemplares que niegan totalmente el carácter manual, que también pudiera adjudicársele a alguna parte de esta producción, como Revolución una y mil veces, de Reynier Leyva Novo, que fuera realizado en una imprenta. Hay otros, en cambio, que cuestionan sucarácter seriado y presentan obras únicas, como pudiera ser Sin título, de Yornel Martínez, donde, además, es capaz de jugar con la propia estructura física del libro sin perder su forma tradicional. Las páginas de este volumen son portadas de otros libros, de modo que el mensaje, está siempre enfocado a la apariencia, a la superficie. Ofrece ideas sobre la posible relación entre continente y contenido en un soporte como este.

Han sido los libros para niños, sus características, formatos y estructuras, una tipología que ha influido notablemente en algunos trabajos. No podemos dejar de mencionar los pop-ups de Carlos Garaicoa, en los que sobresalen diferentes tipos de edificios, reconocibles o no, de la arquitectura cubana y universal. De igual manera, Lisandra Ramírez se inspira en un estilo muy particular, los libros rusos -tan comunes en su niñez y en la de algunos de nosotros-, e inventa historias, recreando el lenguaje infantil, casi rimado. Si bien Lisandra asume, Adislén Reyes dinamita todo este imaginario con una obra hecha en serigrafía. La idea de la niñez asociada a la ingenuidad, queda totalmente puesta en tela de juicio, sobre todo por la soltura y desenfado con que se acerca a un tema tan complicado como es el erotismo. La selección del propio formato –en este caso a modo de plegable en acordeón- así como de los colores y la iconografía, refuerza la subversión que casi pasa inadvertida.

De igual forma existen un grupo de trabajos que colindan con lo escultórico. Los libros objetos, esos en los que es imposible pasar las páginas y solo se centran en el artefacto en sí mismo. Eduardo Ponjuán sería el maestro en este tipo de obras. Toma libros preexistentes, y los interviene, convirtiéndolos en especies con identidad propia, personajes-máscaras que cuestionan el propio contenido del soporte que puede ser desde libros sobre artistas, enciclopedias de arte o ciencias y hasta un atlas. Sandra Ramos es otra de las artistas que atinadamente y en reiteradas ocasiones ha incursionado en la realización de libros. Pero los suyos son más difíciles de encasillar. Son obras que se mueven en un punto intermedio entre el propio libro y la escultura. Poseen partes –páginas- que respetan la temporalidad inherente a lo narrativo, pero a la vez su expresividad está dada en su proyección espacial .Jabberwooky, explota la cualidad reflexiva del espejo, potenciando las ideas de lo real y lo imaginado. Incluso la propia forma es capaz de acentuar esta inquietud ya que los espejos convergen en un único centro. También Glenda León ha hecho referencia a ideas como el consumo y lo lúdico dentro de las artes plásticas, así como a la manera de aprehender los libros en la vida diaria, a través de la pieza Lecturas fragmentadas que posee dos versiones. Una de ellas está elaborada con cada uno de los diez volúmenes de la primera serie de la revista de fotografía C International Photo Magazine, a las cuales se les ha retirado una porción en forma de cuña que es a su vez puesta en un plato. El segundo caso, es una especie de tarta formada por las diez porciones que probablemente alude a la construcción del conocimiento de un individuo.

En los últimos años, el libro se ha convertido en Cuba en una vía para articular discursos artísticos; ya sea desde su estructura paginada, con una factura manual o industrial, piezas únicas o seriadas, con o sin textos. Los creadores se sienten apasionados por las disímiles maneras en que se puede materializar y, sobre todo, por la fuerza expresiva que posee. No es una pieza menor como muchos han querido ver. El objeto libro no está reservado solo para la literatura o las palabras, así lo han demostrado las obras que constantemente se reformulan y renuevan.

Chrislie Pérez

Chrislie Pérez

La Habana, 1985. Crítica de arte y curadora. Especialista de la Galería ARTIS 718 del Fondo Cubano de Bienes Culturales. Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Mención en el Premio Guy Pérez Cisneros que otorga el Consejo Nacional de las Artes Plásticas en la categoría de reseña (2013). Sus trabajos aparecen en publicaciones como Artecubano, Noticias de Artecubano, La Gaceta, Arte por Excelencias, entre otras.

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