Cuando “el hábito no hace al monje”

Roldán Lauzán le devuelve al mundo la fuerza formal de la ilusión

/ 19 enero, 2017

Los trabajos de Roldán Lauzán (San Antonio de los Baños, 1987) deben mucho al universo de la ilustración editorial y su respectiva interpretación visual de las historias literarias sobre la experiencia de la vida, escritas y connotadas con sus inevitables similitudes y, aún mejor, sus inconmensurables distancias con respecto a la realidad. No es azaroso identificar entonces, como una de sus más influyentes referencias, la obra del artista estadounidense Mark Ryden, quien parte del lenguaje de la ilustración y concibe su discurso bajo la disonancia que crea la amabilidad de los códigos infantiles y el perverso rol de sus personajes.

Roldán asiste al mundo como “cosa entre las cosas”, lo explora, comete errores, enmienda los excesos de bondad, se aísla de sí mismo, y regresa para devolverle a ese mundo la fuerza formal de la ilusión (J. Baudrillard). Recurre a las hazañas tecnológicas pasadas: el óleo, el retrato, la simetría de la composición; al tiempo que los subvierte con el gesto noble de ensuciar toda belleza descubierta, para hacerla aún más “bella”.

Obviamente a inicios del siglo XX, reiterar estos lenguajes hubiese podido significar una regresión a la academia y una manera obsoleta de resolver los conflictos de ese momento, pues la pintura se hallaba en una fase de experimentación sobre lo representado, no tanto como reproducción o impresión de la realidad sino como expresión simbólica y formal de la misma. Sin embargo, en el contexto actual, donde otras condicionantes son las que configuran un ser social sobresaturado de información, acudir a los recursos históricos de este medio supone un “descanso necesario” en primera instancia; pero una terrible perturbación si logra emancipar al espectador con sutiles estímulos.

Desde su serie Alice -relacionada con los libros Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll-, denota un interés peculiar por la captación de rostros en primeros planos o close up. La atención de Roldán sobre la apariencia delicada de la niñez y su inocencia, hibridada con la profunda reflexión filosófica que sugieren estas lecturas de Carroll, ha generado en su discurso una producción de naturaleza inquietante, donde se ofrece la parte por el todo, donde el retrato oculta espacialmente todo aquello que está del otro lado de la madriguera, las carencias y algo de generosidad; sin embargo, deja importantes cerrojos en la expresión de Alicia -de cada “Alicia”, muchas veces andrógina- que conducen al país del ensueño.

Si en esta serie la pincelada se haya resuelta por la dominancia de la línea, reforzada además por un dibujo que roza la factura de la historieta manga o del cómic sin llegar a serlo exactamente, en Arquitectura del Alma las formas devienen manchas, brochazos de luces y sombras con carácter más desinhibido, a las que son incorporados algunos fragmentos arquitectónicos que contienen cierta reminiscencia a la estética (inscrita en la época del Art Nouveau) de Gustav Klimt. En cambio, la femme fatale de Roldán ya no es tan villana ni tan triunfadora en la desventura de los hombres, es también víctima y todo ornamento circundante impostado es su crimen, como dijera  Adolf Loos, uno de  arquitectos de la sección vienesa de principios del siglo XX.

En la serie Hierofante, por la que más se le ha reconocido, existen conexiones con los conceptos ideoestéticos manejados en Alice y Arquitectura del Alma, como son el retrato frontal enfocado en el rostro y la dicotomía simbólica de los elementos que convergen en la imagen. Hierofante o “el que hace aparecer lo sagrado” es un rango dentro de los sacerdotes de la antigua religión griega que tiene por misión interpretar los misterios sagrados e instruir a los iniciados en dichos misterios. Los Hierofantes de Roldán han conmutado su túnica púrpura por hábitos blancos y negros, vistiendo rostros de mujeres dotadas de belleza física, tomados en su mayoría de revistas exitosas de moda como Vogue, entre otras. Pero estas “monjas” han sido violentadas, quizás por el robo de un beso, la agresión o maltrato directo a su cuerpo o la confrontación de fuerzas mayores como medio para lograr un fin. A los Hierofantes se les tenía prohibido pronunciar su nombre, por ello Roldán accede a numerarlos, de alguna manera también para dejar en anonimato una experiencia que representa a más de una persona, “que hace aparecer lo sagrado” mediante de lo profano o la profanación de su integridad.

Estas pinturas -generalmente de formatos superiores al metro y medio, alcanzando a veces los tres metros-, se vuelven tan vulnerables como sus propias “monjas”. Parecen haber estado expuestas a la paleta y al pincel que le han dado forma, a los descuidos de su movimiento y colocación contra objetos que terminan marcándolas y, por supuesto, a los estados de ánimos de su autor. En esta serie, fundamentalmente, lo sacro invade lo terrenal y lo terrenal hace espacio en lo divino, hallando instantes racionales en ambientes despojados de materia y sensibilidad.

 

 

Claudia Taboada Churchman

Claudia Taboada Churchman

La Habana, 1990. Crítica de arte y curadora para la Galería Villa Manuela. Textos suyos pueden consultarse en catálogos de exposiciones y en publicaciones como la revista Artecubano, Revolución y Cultura, La Jiribilla, el tabloide Noticias Artecubano y los sitios web Habana Patrimonial y Habana Cultural. Recientemente uno de sus proyectos curatoriales fue premiado con la Beca de Curaduría que otorga el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales.

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