¿Cómo se lleva en Blefuscu?

El eterno conflicto de cascar los huevos con la cabeza

/ 9 febrero, 2016

 [1]

 

Estelle- (Vuelve a abrir los ojos y sonríe.) Me siento rara. (Se palpa.) ¿No le ocurre a usted algo parecido? Cuando no me veo, tengo que palparme… Me pregunto si existo verdaderamente.

Inés- Tiene usted suerte. Yo me siento siempre desde el interior.

Estelle- ¡Ah, sí!… Desde el interior. Pero todo lo que pasa dentro de las cabezas es tan vago… Me da sueño… (Una pausa.) Yo tengo seis espejos grandes en mi dormitorio. Los veo. Yo los veo. Pero ellos no me ven a mí. Reflejan la coqueta, la alfombra, la ventana… ¡Qué vacío está un espejo en el que yo no estoy! Cuando hablaba, me las arreglaba para que hubiera siempre uno en el que poder mirarme. Hablaba, me veía hablar. Me veía tal y como los demás me veían, y eso me mantenía despierta. (Con desesperación.) ¡El carmín! Seguro que me lo he puesto mal. Sea como fuere, no puedo quedarme sin espejo para toda la eternidad.

Jean Paul Sartre. A puerta cerrada.

 

Una habitación, un espejo en el centro, una niña pequeña que combina tacones blancos, vestido azul, bolso negro y lleva en los labios el destello de un creyón rojo. Un arsenal de conjuntos yace en el suelo. Esta es la escena… Varios años han transcurrido ya, todavía existen retazos de ese vestido azul, solo que resulta imposible posar con ellos. La niña ha crecido, ya no sueña con pasar horas frente al espejo, no se encuentra en él. Recuerda los cuentos de la abuela, de aquella época dorada en la que la antigua tienda El Encanto, presentaba la temporada anual de Christian Dior. Se mira al espejo una y mil veces, pero lo que proyecta suele resumirse en una imagen absurda, que dice ser algo que no es, que se ha construido como un collage de superposiciones banales, de actitudes inconexas y cuestionamientos endebles. El espejo, la ropa, la pose, son los complementos de un juego infantil en el que ya comienza a definirse el peso de la imagen externa, del aparentar. Es innegable la magnitud que ha alcanzado la apariencia exterior, el rigor con que se ha de mostrar, reafirmando el lugar de cada quien dentro del establishment cultural, social o político, sin ir más lejos, de esta isla.

No puedo aseverar que Lorena Gutiérrez Camejo (La Habana, 1987) pasara horas frente al espejo, pero sin temor a generalizar, puedo afirmar que en su trayectoria se advierte un afán por la imagen, desde ella se aventura a cuestionar los comportamientos humanos, las reacciones psicológicas del sujeto que interactúa con sus creaciones. No interesa el soporte, ya sea el video, la escultura, la intervención pública o la fotografía, en ellas hay un punto de contacto, unas veces subyace de manera sutil, otras se muestra descarnadamente, un paralelismo cuyo eje conector se resume en la extravagancia del pretender ser…

Una posición de poder (Soy artista, acción pública, 2006); una reacción (Hace un día precioso, acción pública, 2008); una estrategia para la supervivencia (Soliloquio del zorro, instalación, 2013). Resultantes del devenir artístico de esta joven, desde ellos se asoma el cuestionamiento de las poses que sin más, ocupan a la sociedad de estos tiempos. Según Fredric Jamenson, en su análisis sobre el postmodernismo, una de sus principales características es que la cultura de la imagen se ha expandido a tal punto, que la estetización, entendida como el rápido fluir de signos e imágenes, ha impregnado el tejido del que se compone la vida cotidiana.[2] Es perceptible cómo en la obra de esta artista las situaciones forman parte de los hechos azarosos que componen el día a día, de situaciones que no se leen con la perspectiva adecuada, que se minimizan en la explosión de una noticia o un hecho, sin profundizar en la esencia y los intereses que mueven la toma de decisiones, en las que media siempre el aderezo político.

En disímiles ocasiones se ha cuestionado la vocación localista o universal del arte cubano, de los artistas cubanos, la maldita circunstancia, la isla segregada, en fin… Pero es que hoy la isla abre sus piernas una vez más, para bien o para mal, creo que ya no interesa si somos localistas o universales, la creación pasa siempre por el filtro de la experiencia vivida por cada quien. Las circunstancias se imponen y hoy Cuba es punto de mira para el mundo. ¿Resulta familiar? A raíz de que volvemos a estar avant garde, todos quieren sumarse a este tour por lo exótico, ese que también incluye a la colección Cruise, que cada temporada presenta Chanel en los más insólitos escenarios del planeta y que se prevé llegue a la Habana el venidero mayo de manos de Karl Lagerferld.

Cual fortuita coincidencia o no, El club de los intocables, la más reciente exposición de Lorena Gutiérrez, inaugurada el pasado 6 de febrero en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, nos propone un análisis concienzudo de un evento tan glamuroso y despampanante. La única pieza que conforma esta muestra ofrece una vista en planta de un edificio que no tiene por qué remitirnos a un lugar en específico, basta con que deduzcamos que su ubicación se restringe a nuestros predios. Contenido en una mesa blanca, en el escenario al descubierto se despliegan un conjunto de pequeñas estatuillas ataviadas con diseños exclusivos de la marca Chanel. Las cuarenta figuras que componen la escena no desfilan por la pasarela, sino que parecen dialogar, los tópicos seguramente son diversos, no todos estamos a la altura de participar de ellos. Si hacemos un zoom in sobre los modelos en miniatura también podremos comprobar que responden a diversas fisonomías, como una suerte de ajiaco localista-universal.

La pulcritud con que la artista ha concebido esta pieza parece soslayar lo que hay detrás del espectáculo, detrás de los conflictos de poder aparentemente inexistentes en Cuba. ¿Cuál es la razón de ser de esta obra? Ironizar, constreñir, aportar una visión política de la estética, estetizar desde la política tomando lo fashion como carnada. O sus pretensiones solo se resumen en volver sobre el acribillamiento de la imagen superflua que nos llega desde afuera. La vida cotidiana de esta isla, se centra en resolver los conflictos del diario: vivir, comer, vestir, pero… ¿vestirse con Chanel, portar el pedigrí de esta marca? No lo creo.

Múltiples y complejas son las connotaciones que pueden avistarse en El club de los intocables: un selecto grupo, cuyos miembros han de ser bien elegidos, cuyas propuestas han de ser mejor atendidas y cuyas discusiones siempre han de transcurrir a puertas cerradas. ¿Volvernos intocables o solamente aparentarlo?, puede ser la interrogante que formula Lorena Gutiérrez con su trabajo. Vamos pues a servirnos del espejo no para regodearnos en su reflejo, sino para comprender cómo el objeto o la intención del mismo, como el hecho o la pretensión que lo respalda, nos convierte en instrumentos de una manipulación que no encuentra coherencia entre lo real y lo ficticio.

 

 

 

[1] Lilliput y Blefuscu, dos naciones insulares de ficción que aparecen en la primera parte de la novela Los viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift. Las une un eterno conflicto, consecuencia de la disputa sobre cómo se deben romper los huevos hervidos. Pero lo más interesante es que en ambas habitan personas diminutas de no más de seis pulgadas de alto. Todo en estas islas supone extravagancia, pues todo es visto desde la magnitud inconmensurable con la que se es capaz de apreciar a esa escala.

[2] Ref. Featherstone, 1996, p.270.

Yudinela Ortega Hernández

Yudinela Ortega Hernández

Matanzas, 1990. Licenciada en Historia del Arte, Facultad de Artes y Letras, Universidad de La Habana, 2013. Curadora y crítica de arte. Actualmente trabaja como profesora de Crítica de Arte en Formación al Cuadrado, una plataforma educativa especializada en artes visuales, en Madrid. Escribe regularmente para revistas de arte nacionales y extranjeras. También realiza y colabora de forma independiente con proyectos curatoriales.

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