Ariel Candelario: con la casa a cuestas

/ 13 mayo, 2015

Una obra de arte puede ser detonante de nuevas percepciones espaciales e incluso sociales, cuando su relación con el espacio escapa a la placidez que convierte al hecho visual en mero objeto, cuando es hija del conflicto que la rodea y gusta de exteriorizarlo. Creo que, en este sentido, la reciente propuesta de Ariel Candelario para presentar en la XII Bienal de La Habana, será una de las atracciones que señalarán una de nuestras realidades más conflictivas; el acto de ocupar, de habitar un espacio que determina un comportamiento o estado en los seres que lo pueblan y lo perciben.

Cuando se menciona el nombre de este artista, es casi imposible desligarlo de LASA (Laboratorio Artístico de San Agustín), espacio fundado en el 2008 con el objetivo de favorecer la experimentación artística y las intervenciones en el espacio público. De su creación a la fecha, siempre en colaboración con Aurélie Sampeur, el proyecto ha acogido a numerosos artistas cubanos y extranjeros ofreciendo residencias y estimulando proyectos curatoriales. Asimismo ha logrado, desde el enclave periférico donde se encuentra, un espacio de difusión cultural y de inserción para sus habitantes.

La obra de Ariel Candelario ha sido gestada desde LASA, teniendo en cuenta su afán de irrupción en la esfera social y su condición de generar conflicto; cuestionamientos que trasciendan lo propiamente estético. E14 Lam es el título de la pieza que estará emplazada en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam durante la Bienal; desde el rótulo inicial el artista alienta la yuxtaposición de identidades, insertando un espacio marginal en un sitio dedicado paradójicamente a la legitimación.

Los edificios modelo E14, en los que se basa la pieza, fueron una alternativa socorrida después del triunfo de la Revolución para satisfacer la demanda de vivienda, tomando modelos constructivos de Europa del Este y adaptándolos al clima del trópico. El resultado fue un conjunto de asentamientos de visualidad unitaria e impersonal, ubicados en zonas capitalinas como Alamar, Guanabacoa y San Agustín, donde el espacio prefabricado se convierte en alteridad social, en mutación y prolongación del ser. De este conflicto se apropia Candelario, confiriéndole a un edificio la categoría de escultura, mudando el locus, pero llevando en él una carga de subalternidad.

La pieza, de difícil realización por sus particularidades estructurales, ha sido realizada por un equipo multidisciplinario donde se incluyen ingenieros, arquitectos y constructores dedicados a su proyección y ensamblaje. El artista ha intentado respetar las dimensiones reales del modelo, buscando que la obra no sea solo una apropiación del objeto sino una reinterpretación del mismo, donde se categoricen sus valores visuales. De este modo la obra constará de cuatro pisos y tendrá más de once metros de altura.

Pero a Candelario no le interesa alentar una postura contemplativa en el receptor, por el contrario, intenta activar una interacción con él donde este también forme parte del proceso de intervención. De esa manera, la primera planta del edificio podrá ser habitable y estará decorada con mobiliario e incluso tendrá un televisor donde se exhibirá la programación de MACSAN (Museo de Arte Contemporáneo de San Agustín). Las tres plantas restantes serán dedicadas a exposiciones donde se exhibirá la obra de Candelario, que presentará dibujos que fungen como documentación del proceso de conceptualización y diseño de esta pieza; del mismo modo el espacio se pondrá en función de visibilizar el trabajo de otros artistas.

El edificio responde a una visualidad aséptica y aparece pintado absolutamente de blanco. Como sucede en muchas zonas urbanas, la estructura tendrá una breve área de esparcimiento, donde no faltará el omnipresente busto martiano que distingue los jardines. El artista no solo toma el referente, retrata además dinámicas sociales que pueden apreciarse en cualquier vecindad; la reelaboración del tópico es tan física como sensorial.

Ante la creciente duda sobre si realmente estaremos presenciando un edificio o una instalación escultórica; parece certera la proposición del propio creador, sus “aparturas” –unión de edificio y escultura– no ceden a una clasificación unitaria y ciertamente tampoco la merecen. Se trata de una conjunción de environement, performance, instalación, etc.; pero más allá de una clasificación, la obra demanda un contexto determinado, un espectador que conozca o sufra en carne propia las dinámicas y carencias de la cotidianidad cubana.

Después de la Bienal se planifica hacer una subasta para vender las “aparturas”, que se desarman con autonomía propia y pueden ser transportables y emplazarse en otro lugar. Se trata de llevar a cualquier sitio un trozo de periferia, de verdad social; pues la pieza comprende que el hecho de Estar, no solo presupone un estado físico, sino también mental.

E14 Lam propone una concepción espacial donde el objeto final de la intervención no es dinamitar el espacio público, sino dotarlo de justicia y convertirlo en la propia ruptura. Creo que la obra de Candelario, con su inusitada claridad, ofrece otro ángulo de la estructura creativa.

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