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Memorándum sobre una revista

/ 13 abril, 2018

Ha pasado ya bastante tiempo sin que nadie advierta en alguna parte, que la publicación insigne de la militancia artística en Cuba, se encamina ahora mismo hacia lo que parece un absurdo caso de extinción editorial. Pareciera que la sucesiva desaparición de Artecubano no le incomoda a nadie. Incluso puede entenderse que los artistas ni se inmuten al respecto. Pero que nuestros críticos, sometidos a un limbo editorial del que nadie sabe algo más allá de que existe y es, hasta cierto punto, inevitable, siquiera se quejen y asuman tal orfandad cruzados de brazos, indiferentes a una ausencia a la que parecen adaptarse sin trauma, sí que se torna, cuando menos, alarmante.

Si en 1995, año en que la revista ve la luz en medio de la crudeza económica que golpeaba a la isla, se hubiera pronosticado que, al rebasar los avatares de dos décadas Artecubano ralentizaría su aparición, se convertiría en un acontecimiento ponderado con ironía por los cada vez menos entusiastas que todavía aguardan el milagro de un nuevo número, seguramente, ninguno de los implicados en su concreción le habría dado crédito a semejante vaticinio. La revista, no obstante, prosigue colindando con lo inmejorable pese al desfasaje temporal que la atenta. En lo personal aprecio su factura y la variedad de registros que pone en circulación a través de sus textos críticos. Sin embargo, el júbilo que efímeramente despierta, se consume poco después en el silencioso letargo que se abre paso entre cada número. En consecuencia, cuando cae en nuestras manos un ejemplar de la misma, constatamos un testimonio deficiente de esta época (¡ya sabemos que La Habana, no cabe en Guanabacoa!), pretendidamente a tono con los tópicos meridianos que se insinúan en nuestra producción simbólica inmediata. Si toda revista, a fin de cuentas, termina siendo una metonimia de su tiempo, Artecubano apuesta por ser un reducto todavía más sintético de esa metonimia.

Desde la efímera revista Arte Plásticas (1960-1962), nuestra producción artística padeció una inexplicable bastardía. En contraste, los espacios de difusión cultural nunca fueron escasos entre nosotros. Desde los mismos inicios de la Revolución, por solo enumerar algunos, encontramos la revista Casa de las Américas, la cual fue secundada por el fugaz magazine Lunes de Revolución (1960-61), la Gaceta de Cuba, Unión, Revolución y Cultura y El Caimán Barbudo. Sin embargo, el perfil editorial de estas publicaciones privilegia sobremodo al espacio literario, donde se mueven nuestros intelectuales de mayor autoridad simbólica, aquellos que, en su mayoría, han llegado a ocupar cargos jerárquicos dentro de la cultural estatal: Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Roberto Fernández Retamar, Mirta Aguirre, José Antonio Portuondo, Juan Marinello, Cintio Vitier, et al.

El escaso respaldo que recibe el arte en el nuevo contexto cultural se debe, en parte, a que durante los años 60, en el campo de las artes visuales, apenas rumiaban algo –descartable por banal y aislado– unas pocas voces de mediano prestigio que encontraban en Graziella Pogolotti, intelectual que venía de la vieja escuela republicana, su referente más visible y acaso lo único digno de rescatarse al día de hoy. La crítica visual por entonces se volvía un género inconsistente, peregrino, sujeto a la falta de especialización y albergado esporádicamente en algún resquicio –nunca fijo– que le reservaban las distintas revistas estatales. Así fue durante los tres primeros decenios de la cultura revolucionaria.

Ni siquiera los prodigiosos años ochenta, marcados por el ascenso de varios intelectuales inmersos en el circuito de la plástica, como Gerardo Mosquera, Osvaldo Sánchez, Iván de la Nuez, Eugenio Valdés Figueroa y Rufo Caballero, lograron producir una plataforma institucional desde donde darle cobertura al pensamiento crítico que tenía por objeto a las artes visuales. De manera que no va a ser hasta mediados de la década del 90 que avistaremos una parcial redención, con la fundación de un soporte dedicado, particularmente, a sopesar el quehacer artístico en la isla.

Siempre que puedo, desde hace un tiempo, regreso a algún que otro número viejo, almacenado en mi librero. Tanteo sus páginas, me asombro ante algún nombre olvidado, tomo notas… Descubro la lucidez de una revista, las más de las veces subestimada dentro del gremio. Lo cierto es que Artecubano, aunque enmarcada en la apología (¿qué revista de esas características no lo está?), en cantar las glorias desconociendo las miserias, termina siendo un soporte imposible de omitir, un espejo fiel de nuestra sensibilidad crítica: demasiado culterana y hedonista, fabricada desde un ego autoral que se alimenta de pactos benéficos, mientras hace del sistema una ecuación estable. Porque entre nosotros el mejor crítico, el más seguido y vitoreado por los artistas, el que produce textos de catálogos y gana premios, el panelista de moda, no es aquel que se compromete con la cruda realidad del oficio: el hecho de decir las cosas tal y como son, sin florituras ni medias tintas.

Nuestro crítico ideal, en cambio, tiene la fibra de un intelectual profundo, pese al enrevesamiento de su discurso hablado (o escrito), pretende exhumar nombres, textos inconsultos y teorías escandinavas, mientras aterriza forzosamente en nuestra atípica realidad, predica el formalismo académico mientras maniobra, cual simple mortal nacido en esta isla, en el “vale todo” que regula nuestro contexto. Nuestro crítico ideal, en todo caso, es un maniquí que exhibe el estilo de temporada. Y esto se comprueba en la jerga estándar, en el uso terco de terminologías impostadas, citas y otras hierbas que tienen lugar, como en ninguna otra parte, en esta revista. Artecubano, entonces, es la revista de los críticos cubanos, aunque a los mismos les importe poco si desaparece mañana.

Mientras una revista desaparece, la mayoría de los críticos de aquí nos encontramos atrapados en un naufragio intempestivo del cual, sin saber exactamente cuándo comenzó, tampoco intuimos en qué momento tendrá su final. Pienso ahora en Lezama, cuando se preguntaba a solas: ¿Alguien escucha mi voz?

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frank guiller

13 abril, 2018

buen articulo, bien llevado y muy informado, gracias

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