A chaquetón quita‘o (I)

Conversando con Maikel González

/ 18 junio, 2018

Es de vital importancia que se conozca la nueva hornada de talentosos artistas cubanos que van emergiendo a la palestra pública. Muchos provienen de los estudios académicos y otros han encontrado en el ejercicio autodidacta su propia fuente de desarrollo artístico. La salud del arte cubano necesita del joven talento que se forma por una u otra vía. Pero también se hace necesario un mayor acercamiento a los artistas, que se puedan conocer los procesos de desarrollo de su quehacer. Que exista el diálogo con el público dependerá, en buena medida, tanto del interés de los creadores como de la crítica especializada.

Sin más preámbulos, quisiera presentar -a modo de entrevista- a un joven artista que fue merecedor de la beca de creación otorgada en la primera edición de la Muestra de Video ON-OFF. Maikel González conversa sobre su formación artística y su obra a tan solo unas semanas de haber culminado sus estudios en el Instituto Superior de Arte (ISA).

Maikel, para comenzar, quisiera que me hablaras de tu formación. Sé que provienes de la academia y me gustaría que me explicaras cómo fueron tus inicios.

Mis inicios fueron en Camagüey. Allí estudié la especialidad de escultura en la Academia de las Artes Vicentina de la Torre desde el año 2009 hasta 2012. La escultura fue un punto de inicio para poder moverme con más libertad en otros medios expresivos. Por razones que no domino, propias de la institución, el taller de escultura era uno de los que más oportunidades brindaban a los estudiantes a desplazarse hacia medios menos usuales. Estos fueron mis primeros pasos, los cuales me llevaron a adentrarme en la instalación, manifestación con la cual me identifiqué. A partir de tercer año comienzo a interesarme por el video, sobre todo porque era un medio con el que me interesaba trabajar. Ya en cuarto año hice mi tesis de graduación de la academia en video completamente. En aquel entonces mis inquietudes e intereses giraban en torno al tiempo. Mi discurso iba dirigido a asuntos relativos a la comunicación, sobre todo basados en experiencias personales. Acercándome desde ese punto de vista y analizando los problemas de incomunicación básicamente, fue como me acerqué al video y llegué a un punto en el que investigué a profundidad cuáles eran esas características del medio que hablaban por sí solas. Más allá del discurso que yo trataba de potenciar, las peculiaridades del medio imprimían un carácter extra.

¿Llegas al audiovisual como una necesidad expresiva?

Efectivamente, diría que llego al audiovisual por una necesidad expresiva y más porque encontré que en la instalación, de repente, no tenía todos los recursos para poder expresar todo lo que quería. Al inicio sentía que quería tener algún tipo de narrativa en la obra que no encontraba en la instalación. Narrativa que trataba de potenciar en los primeros videos, aunque fue un poco complejo de negociar con los profesores porque no sabían si estaba tratando de hacer cine, cortos de ficción o algo así. Entonces, fue un punto en el cual tuve que tratar de negociar con ellos y hacerlos entender que mi posición era desde las artes visuales, pero que me interesaba jugar siempre con una narrativa, la cual, te adelanto, con el paso de los años se ha ido perdiendo. Se ha vuelto más representacional en la obra, desde el video.

¿Y dónde queda la escultura?

La escultura me queda sobre todo desde el interés por lo espacial, por lo tridimensional. Lo que me sucedió con la escultura fue que tenía entendido que estudiar pintura era lo que te convertía en artista. La noción de artista era ser pintor. Entré a la Academia pensando que iba a ser un pintor, como piensa la mayoría de los estudiantes. Además, esa era la concepción que tenía toda mi familia. Todavía hoy, cuando les digo que hago video, tengo que explicarles que es arte. El hecho fue que tenía entendido que en pintura había que apegarse al programa y, aunque no tenía todo el conocimiento académico en las técnicas de la pintura, me resultó mucho más interesante descubrir un mundo nuevo en la escultura. Esta experiencia para mí fue maravillosa porque tuve un buen profesor que siempre me dio libertad para que decidiera que quería hacer con el medio.

Una vez que entro en el video me interesa cómo puede jugar con el espacio. No solo mirarlo desde el punto de vista de una pantalla plana donde se representa una imagen, sino cómo esa imagen puede interactuar con el espacio donde se proyecta. Por supuesto, sigo haciendo instalaciones. No me considero un artista que se apega a un medio. Cada obra precisa del soporte específico y necesario. A pesar de que con el video es el recurso expresivo con el que más me identifico y con el que peligrosamente más cómodo me siento trabajando, no me definiría como un videasta o artista de video, sencillamente como artista visual que una vez que proyecta sus creaciones busca el medio donde mejor pueda concretarlas.

Después de finalizar tus estudios de arte en Camagüey llegas al Instituto Superior de Arte (ISA). Cuando observo los trabajos de muchos estudiantes del ISA o recién graduados expresan una necesidad imperiosa de abordar el arte desde presupuesto conceptualistas. Digamos que es un guión apremiante el que toda obra debe tener un concepto, debe partir de ahí y eso es lo más importante. Me gustaría que me comentaras tus experiencias al respecto.

Te voy a hablar de mis experiencias y de cómo mis ideas fueron mutando una vez que comprendí las relaciones de esta índole dentro del ISA.

Desde la Academia comenzaron a hacerse interpretaciones -a veces un poco esquemáticas- del texto En el ademán de dirigir las nubes del crítico de arte estadounidense Thomas McEvilley (El McEvilley), donde se dan pautas de cómo interpretar una obra de arte. Estas directrices se implementaron como método en el ISA para tratar de motivar a los alumnos a salir de su zona de confort y a pensar en todas las partes (contexto, espacio, materiales, etc.) que componen el proceso creativo y la obra en sí. Esas ideas llegaron muchas veces al resto de las academias por los propios graduados del ISA.

Cuando entro a la universidad comienza a despertar en mí la incertidumbre respecto a por qué necesariamente todo tiene que estar atado siempre a un concepto prefijado. Llego a cuestionármelo en muchos momentos. Al respecto, una de las cosas que me llevo del ISA es haber comprendido que para mí no necesariamente funciona de esa manera. Entiendo también que hay un punto en el cual la sensibilidad a la hora de crear te lleva por caminos que no necesariamente tienen que concentrarse en la idea prefijada, sino en cómo esos otros componentes de la obra funcionan en la construcción de la misma.

Actualmente la experiencia de crear la obra es muy valiosa para mí. Más allá de que la idea tenga que primar por encima del medio. Quizás eso que mencionas pueda ser algún tipo de rezago, de malas interpretaciones del método que se estaba aplicando en la enseñanza artística. Apoyo el hecho de que cada artista tiene necesidades de expresión y procesos específicos. Mi grupo en el ISA era muy diverso, lo mismo podías encontrar personas con una proyección conceptual o trabajos apegados a lo formal puramente. Estos últimos sufrían ese choque debido a las exigencias de atarse a un concepto que diera como resultado la obra y no necesariamente para estos creadores debe funcionar de esta manera. En mi opinión, son muy buenos artistas que generan desde sus perspectivas. Me encuentro en un punto medio entre ambas posiciones, pero no por ello dejo de reconocer que lo formal también es importante, e incluso la parte del proceso.

Te voy a declarar algo, que no veo por qué deba guardarlo solo para mí. En algún punto de mis estudios en el ISA el proceso creativo se convirtió en algo que yo sufría y descubrí que, en buena medida, era porque estaba tratando en todo momento de proyectar la idea que tenía en la forma. Quería convertir la forma en la idea, por ello depuraba y dejaba en el camino muchas variantes e ideas que surgían en el transcurso del trabajo. Quería transformar la idea en la forma perfecta o pura. Ese fue un proceso que sufrí bastante.

Al respecto me ayudó mucho una experiencia de intercambio cultural que tuve en Alemania. Allí descubrí que el proceso creativo de la mayoría de los estudiantes alemanes era totalmente inverso. Ellos se desprendían de la idea, generaban imágenes con las cuales se sentían identificados y llegado a ese punto comenzaban a pensar por qué tenían la necesidad de generar esas imágenes. Durante ese intercambio pasé por un proceso de sufrimiento igual. Estuve durante una semana asimilando todo aquello y analizando cómo generar una obra. Fue entonces cuando decido despegarme del proceso que venía conmigo en todos mis años de estudiante y me propuse disfrutar todo el proceso creativo y tratar de hacerlo orgánico para mí. De alguna manera me funcionó, de pronto salí de mi zona de confort e hice performance. Es desde entonces que me apego más a la necesidad expresiva que a una idea concebida. Sencillamente decidí expresar todo lo que estaba sintiendo, las emociones. Hay una parte que no necesariamente debe ser explicada y que también forma parte de la creación.

A partir de que asimilé esta experiencia siempre he tratado que, a pesar de que pueda tener una idea preconcebida o interés conceptual, el proceso de creación también tenga protagonismo y se convierta en algo que enriquezca la obra. No por eso ha dejado de tener importancia la parte conceptual, que de hecho en mi obra tiene relevancia. En resumen, he descubierto que el proceso que acompaña la creación es importante para mí y que hay una parte que puede salirse de la idea original y mutar. En este sentido se apega al medio y cómo este puede generar y enriquecer el discurso sin que tenga que calcularlo y controlarlo todo.

En Alemania generé una instalación en conjunto con Marlon Portales, donde traté de asimilar el medio y las experiencias del lugar. También hice un performance apropiándome de las circunstancias del lugar. Me encontraba en una biblioteca vieja y vacía que iba a ser demolida y encontré unas bolsas con las cuales elaboré un traje. De repente había salido de cualquier idea preconcebida y nutriéndome del contexto donde faltaba el contacto físico, me puse el traje. Su atractivo visual hizo que las personas se acercaran y comenzaran a destruirlo a través de abrazos y apretones. Explotaban las bolsas y el traje terminó deshecho.

También generé otra obra en Alemania. A partir de que existían edificios que habían desaparecido o estaban próximo a ello y de los cuales solo se conservaban viejas estructuras ruinosas comencé a extraer intuitivamente restos de estas edificaciones. No tenía idea de qué iba a hacer para la obra. Lo primero que se me ocurrió fue colocar todos esos materiales frente al edificio en el que se encontraba la exposición de la cual iba a formar parte. Por puro proceso decidí que lo que quería generar era un juego donde las personas destruyeran de manera simbólica estos edificios. Al final terminé construyendo un muro pequeño -símbolo bastante fuerte para el contexto alemán- y le propuse a los espectadores crear un juego de bolos en la entrada del recinto expositivo para que ellos mismo fueran destruyendo el muro y volviéndolo a recomponer. (…)

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