Sacándole los colores al ánimo

/ 29 julio, 2015

Jajaja, Elvia R. Castro es arrogante, egocéntrica e impolítica. Sus libros dan fe de ello. Los que tenemos la suerte de cargar con su bravura podemos dar fe de ello. Pero estas peculiaridades, abominables en muchos y para muchos, han venido a convertirse en ella en una especie de índole literaria y de todo lo que ronda la proyección de su conocimiento. Sabemos, los que podemos tocarla, quea veces es tan frágil que provoca compasiónJ. Digerido esto a como dé lugar me centraré, sin especificar -porque no es el propósito-, en su última producción literaria: un libro de estructura ultra moderna; dividido en tres capítulos y un álbum:tumulto de sabiduría cultivada para cerebros ávidos y corazones fríos. Labrado con, y desde, Los colores del ánimo para sacudir la bobería universal y la metatranca de las lenguas encalladas. He aquí un volumen verdaderamente animoso, sin la más mínima intención de estimular depresiones, un acicate del alma; bombazo que se muestra como una declaración de principios y que empeña a creadores que, imagino, a esta hora tengan a bien quitarse el sombrerito. Incluso hasta aquellos que no participaron cuando pudieron ser parte de este festín. (Lamentablemente se perdieron el baileL). Esta radiografía contiene y alimenta teorías sustentada, no solo por el talento (lo cual es evidente) sino por ese empeño de vivir revolucionando conceptos que por haraganería intelectual o paternalismo se dan por sentado. O sea, Elvia ha preferido vivir en una casta de tercera orilla, como diría Eugenio Barba, para desde allí favorecer su función de lo que le corresponde como ser pensante. Penetra, en la mayoría de los argumentos que se agrupan en este volumen, la inclinación estética, social e ideológica de artistas que ella ha preferido, convirtiéndolos en chivos expiatorios; los exhibe, provoca, les absorbe la esencia usando para ello una filosofía travestida con la que deja margen a cualquier sentencia, optando así por lo relativo, y por ende por lo moderno. Sus máximas y reflexiones progresan por lo general en su intuición, no son nada mientras viven en ese estado; (Elvia no corre el riesgo de decir o escribir lo que considera debe permanecer virgen en el cerebro) después funcionan como meditaciones que revelan y dan por hecho la trascendencia de lo preferido. Como es lógico sublima de este modo a sus elegidos: celadora y trampolín de iniciados de los cuales se vale, con decencia, para demostrar con el curso de los días y las noches que ella y solo ella tenía la razón. Y como es de esperar se jacta notoriamente de su acierto publicando en su muro de facebook: Y quién, si no yo, podía hacer tal descubrimiento. No tengo la culpa y tampoco la culpona jajaja. (Téngase esto como una fabulación para suavizar una realidad más insolente aún).

La lectura de este hermoso volumen le será dúctil, en ello ha alcanzado maestría (lo refiero para todo el material recopilado): construcciones verbales que se afianzan en una modesta y secreta complejidad, a veces de un coloquialismo muy muy muy callejero, casi marginal. Naturalmente ya agrupa, como privilegio, años de experiencia y dominio de un oficio que la bautizan como voz facultada para estos menesteres de las artes plásticas. Relajada como el agua en el agua argumenta con juicio indiscutible lo que fluye por debajo de la obra, ese móvil que el artista deja suspendido para dar carácter polisémico a su creación, y que ella desmantela proponiendo que los cosecheros huyan de los vientos débiles. Lo hace a sabiendas de su elección y se reitera con esperanza: si puse el ojo en ties porque sé que puedes.Seguidamente quema la idea más perceptible y solo leemos en su escritura la otra noción, la enriquecida, para nuestra dicha, por su arrogancia, egocentrismo y actitud impolítica. Después pasa por la cocina para apagar la luz, pero recuerda lo que le dice su tía y la deja encendida hasta ver si por fin acaba de fundirse el maldito bombillo.

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