Una constelación y varios mundos: en el cosmos de Carlos José

/ 8 diciembre, 2013

Carlos José Alfonzo (1950-1991) completó en su trayectoria pródiga y demasiado breve una obra fluida, en constante movimiento y tensada, como puente o camino entre zonas diversas. Esas zonas fueron mapeadas por el propio artista sobre una cartografía personal, que va a distinguirlo por siempre de sus coetáneos como individualidad brillante y un tanto solitaria en La Habana y en Miami, centros donde desarrolló casi toda su carrera. Hombre apegado al mar –se repiten la playa, el pez y la ola en su iconografía– Alfonzo hizo el arte que esperaríamos del navegante y del caminante sagaz: pendiente de los signos astrales –la luna, el sol, las estrellas, y atento a todo aquello que le permitiría guiarse en tierra: árboles, montañas, ríos, pájaros y flores.

Es también peculiar que en su trabajo él insiste en representar hombres y mujeres genéricos, dato muy significativo si se recuerda que en estos años sucede una verdadera explosión del retrato. (…) Por contraste, y casi de modo paradójico, la parquedad iconográfica que distingue su obra agrega complejidad y sutileza al arte de los setenta. Sus personajes sin facciones, de cuerpos esquemáticos, sugieren género pero no mucho más. La neutralidad de estos seres puede entenderse como un homenaje a la naturaleza humana y un realce del valor de la comunidad. Esos hombres y mujeres reducidos a esquema podrían también apreciarse, quizás, como una crítica no exenta de ironía a los excesos dogmáticos padecidos durante aquellos años en Cuba. (…) Al refugiarse en recursos estilísticos que lo distancian con creces de sus contemporáneos, el artista no hace otra cosa que reafirmar su libre albedrío, mientras lanza un mensaje de independencia, no solo estética.

(…) Aunque la inmensa mayoría de sus obras pueden calificarse como figurativas, en su producción de Estados Unidos –donde se estableció en 1980, a raíz de la emigración masiva desde el puerto del Mariel hacia la Florida– Carlos José llegó a privilegiar recursos propios de la abstracción: la gestualidad desbordada, los chorreados, la ambigüedad fondo-figura, definen con frecuencia el tono dramático de sus composiciones, por lo regular telas de gran formato. En lo representado abundan las referencias al cuerpo grotesco, a una anatomía de lo despedazado, hecha de fragmentos que la línea, muy suelta, se encarga de definir –pues el dibujo da contorno a seres y objetos, en este universo áspero y bullente. El despliegue de bocas, dientes, ojos, manos, lenguas y corazones, va muchas veces cruzado por dagas, cuchillos y otras formas puntiagudas. El expresionismo de la obra hecha en Estados Unidos está en sintonía con la estética que dominó en el arte occidental durante esos años, con esa desmesura propagada por el mercado y las instituciones (…) Al mismo tiempo, esas obras de Alfonzo expresan el sentido de lo inestable, de una realidad violenta en la cual todo parece patas arriba. Es un dramatismo que me atrevo a interpretar como informado, al menos hacia el final de los ochenta, por la angustia y las contradicciones del clima social correspondiente a los primeros años de la epidemia del SIDA en aquel país. Durante esos años el virus golpeó con mucha fuerza a la comunidad gay, y entre las víctimas mortales de la enfermedad a inicios de la década siguiente se contaron artistas e intelectuales muy destacados, entre ellos Keith Haring, David Wojnarowicz, y los cubanos Félix González-Torres y Reinaldo Arenas. La misma enfermedad truncaría, muy prematuramente, la vida y la obra de Alfonzo.

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