Rubén Alpízar, entre la memoria y su simulacro

/ 1 septiembre, 2018

Rubén Alpízar (Santiago de Cuba 1965), ha encontrado un horizonte firme, estable, que disimula el desorden de las mareas. Su alianza medular con la pintura, sosiega y controla cualquier circunstancia inesperada, abrupta, o caótica. Él entendió muy bien que, para ser conceptual, contemporáneo, y paródico, no hay que volverse contra la belleza, y mucho menos renunciar a ella. Sus obras a primera vista logran ganar la simpatía de los espectadores; por lo espléndidas que se vuelven las imágenes, al ser el fruto de una técnica depurada y una mente exquisita.

La poética de Alpízar contiene dos ingredientes que al mezclarse ofrecen mucha consistencia y seriedad a su trabajo: el primero (…) la agudeza y el ingenio que posee para detectar los pasajes del entorno capaces de encajar con su sensibilidad estética. El segundo es su pasión consciente y fecunda por la historia de la pintura y la exaltación de los grandes maestros que a través de las distintas épocas fueron construyendo un mundo paralelo al de la realidad contante y sonante (…).

En sus primeros acercamientos a los temas religiosos, persiste sobre todo un interés de ahondar en el comportamiento de las personas en torno a ese polémico, y casi insondable asunto de la Fe (…). El artista se adhiere a una manera de decir, que, partiendo de la solemnidad y maestría de un canon pictórico, (como el del Greco) contamina lo imprescindible para poder ejercer una crítica real, que sea tomada en cuenta, y que a la vez forme parte del disfrute de los consumidores (…).

Lo que da valor a las nuevas imágenes fecundadas por él es su indiscutible fuerza metafórica capaz de insertar notables símbolos profanos de la modernidad en ese universo que se reconoce como divino.

(…) En su obra existe una clara fascinación por revitalizar a figuras como: El Bosco, Brueghel, Dalí, Magritte. Traerlos a la luz de nuestras problemáticas; parasitando sus tonos en pos de una nueva interpretación de la vida, y sus impredecibles circunstancias. Lo surreal es constante, fuerte, intencionado. Una manera divertida de dislocar los significados, para que se pueda comprender mejor la magnitud de la parábola que se emprende a través del conocimiento, y de la propia memoria.

Ya en las puertas del siglo XXI, convierte su quehacer en una especie de delirio lúcido, en una atrevida confesión sobre sus perspectivas de la transgresión (…).

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