René Peña

La dualidad de una obra y la evanescencia de un artista

/ 1 marzo, 2018

¿Por qué no hay muñecos negros para los niños? ¿Por qué casi siempre son blancos y tan parecidos entre sí? ¿Y por qué las pocas muñecas negras que existen, al menos en Cuba, remiten por lo general a la religión, la marginación o la brujería? Estas y otras preguntas, sin sentido para muchos, son las que pasan por la mente de René Peña, artista cubano nacido en 1957, de formación autodidacta, que se adentró en el universo de la fotografía a finales de los años ochenta y constituye hoy uno de sus más notables exponentes.

Peña se considera a sí mismo un hombre común y corriente. Su vida ha sido rica en experiencias disímiles (practicó deportes, estudió música clásica, ejerció como profesor de Lengua Inglesa –fue eso lo que estudió en la Universidad de La Habana-, estudió francés, además de haber tomado fotos de todo cuanto quiso). Amante del rock and roll, del jazz, del cine de Santiago Álvarez, de la cartelística cubana de inicios de la Revolución, de la propaganda soviética, del universo multifacético de la publicidad, de Rauschenberg y del pop art, de Salvador Dalí… de los peces, de las aves, y de un montón de cosas más, sin eludir la propia vida. Enemigo de la hipocresía. ¿Un ‘tipo’ común y corriente? Sí, pero yo diría más: un ‘tipo’ de su tiempo, un hombre de muchos ‘por qué’ y un artista excepcional, que crea porque lo siente y no por complacer encargos o expectativas ajenas. Alma inquieta e insatisfecha, que prefiere ‘cocinar’ muy bien sus ideas y obras antes de arrojarlas a la luz pública.

(…) Con el paso de los años, René, ‘Pupy’ o Peña, ha decidido alejarse de los títulos y las series. Siente que los rótulos ‘encarcelan’ su obra con una idea preconcebida, y nada más lejano a sus propósitos. No obstante, la mayoría de sus obras iniciales pertenecen a grupos titulados. Tal es el caso de Hacia adentro (1989-1993), su primera serie, en la que prevalecen composiciones no manipuladas (…) y en las que se observa un respeto por la pureza y espontaneidad de lo registrado.

(…) El arte fotográfico de Peña escapa a los encasillamientos. No podemos verlo como un fotógrafo solo de blancos y negros, ni como un Mapplethorpe ‘a lo cubano’. El artista emplea el color en un sentido simbólico, bien para reafirmar la presencia (o ausencia) de un objeto determinado (Sad Blue Child, 2008; serie “Icon”, 2006) o como camuflaje y contraste con su propio cuerpo (Dakota Blue, 1993; Untitled, 2008), y trasciende las cuestiones de género y de nacionalidad, aunque ambas estén presentes en su obra.

(…) Decía Nietzsche que “Todo espíritu profundo tiene necesidad de una máscara”. Y aunque Peña quiera a veces pasar desapercibido, ahí están sus máscaras, las múltiples ‘caras’ de la sombra, la luz, la seducción, lo grotesco, la dualidad… en unas fotografías que se quieren (y logran ser) independientes, cuya belleza radica precisamente en su autenticidad, polisemia, insinuación; en su libertad para hacer sentir y no para generar un frío análisis desde posturas estrechas y dogmáticas. (…)

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