Ouroburo abstracto

/ 1 marzo, 2018

Yo, Publio. Confesiones de Raúl Martínez se titularon las memorias de ese artista cubano, Premio Nacional de Artes Plásticas 1994 por la obra de la vida. Allegreto cantábile se nombró su retrospectiva exhibida desde noviembre de 2017 hasta febrero de 2018 en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, de La Habana, para conmemorar el 90 aniversario de su nacimiento (1927). Y Yo, abstracto podría renombrarse dicha exposición.

Estructurada de modo cronológico y progresivo, la muestra curada por Corina Matamoros, Gabriela Hernández y Rossana Bouza cubrió etapas o hitos a partir de unas cuarenta y cinco obras pertenecientes a las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes –en su gran mayoría–, del Consejo Nacional de Artes Plásticas, del Consejo de Estado de la República de Cuba y de Abelardo Estorino.

Ahora bien, quien recorrió la muestra empezó por la abstracción y terminó con ella. Porque Raúl fue un abstracto consecuente. En la primera sala, el espectador pudo observar collages, tintas y óleos de los años 1950, identificados con el abstraccionismo. Y llegaría a percibir alguna forma rectangular, más o menos lírica, más o menos geométrica.

En la segunda sala (década 1960) halló abstracciones pictóricas y gestuales con materias y textos añadidos, que asociaría a las combine-paintings de Rauschenberg. Advertiría que los rectángulos querían hablar, comunicar con palabras (…) Vería el rostro repetido de Martí, inicio de la serialidad con figuras históricas cubanas (…)

El mismo espectador también pudo percatarse de que la figuración de Raúl –esta vez, en compañía de Mario García Joya–llegó al dominio de la fotografía. (…)

En la tercera salita –también de los años 1960– el espectador advirtió un mano a mano, un contrapunteo. Los varios semblantes de Martí dialogaron con los rostros diferentes, “anónimos”, de otros hijos de la Patria. En uno de los rectángulos, el espectador creyó reconocer a Raúl Martínez. Como uno más. Integrado al pueblo. A la masa. En una esencia abstraída a nivel conceptual, pero también formal, pues el artista partió de referentes fotográficos.

Era una abstracción de doble sentido, a la que Raúl siguió apelando, para interpretar el paisaje humano, social. Y así el espectador llegó a 1970, año de una utopía: hacer la zafra de los 10 millones. De que van, van –se repetía oficialmente, en medio de la generalizada efervescencia revolucionaria. Y, finalmente, no fueron… posibles. A esa fecha pertenece el lienzo Nosotros, con fisonomías de variadas expresiones: sonriente, seria, pensativa. (…)

El espectador se dio cuenta de un salto cronológico en la exposición hasta 1976. Justo cuando terminó el Quinquenio Gris –que confinó intelectualmente a creadores como el propio Raúl– y se crearon el Ministerio de Cultura y el Instituto Superior de Arte (…)

Y el espectador arribó, entonces, al Período Especial. Aquí, entre collages de la serie Oh, América y bocetos en carboncillo de los últimos años de vida (1994-1995) de Raúl, pudo apreciar una pintura abstracta que cerró sala y exposición: Atardecer en la Isla (1994) (…)

En el ocaso de su vida y en tiempos de restauración del paradigma estético, de la metáfora instruida, Raúl volvió a la abstracción. Como el ouroburo, que se muerde la cola, regresó a la tendencia que lo había situado en la avanzada del arte cubano (…)

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