Las pinturas de Larraz

/ 1 septiembre, 2018

Julio Larraz es parte de un grupo de artistas cubano-americanos cuya formación, desarrollo, y la mayor parte de sus vidas, han transcurrido fuera de la isla. Formal y conceptualmente su obra está conectada a la escuela del realismo americano. Su arte es internacional, no tiene una intención ideológica ni geográfica, más bien registra inquietudes universales del ser humano.

Larraz nació en La Habana en 1944. En 1961, su familia se mudó para Miami; al año siguiente para Washington D.C.; y en 1964 a Nueva York. Su carrera artística comenzó como caricaturista, y sus caricaturas fueron publicadas por varios periódicos importantes como el New York Times y el Washington Post. Aunque no se formó en una escuela de arte, Larraz le da crédito a los artistas David Levine (1926-2009), Burt Silverman (n. 1928) y Aaron Shikler (1922-2015), con quienes trabajó y de quienes aprendió en diferentes etapas de su formación. Quizás esta es una de las razones por las que en su obra se puede ver claramente la influencia del realismo americano. La obra de pintores como Edward Hopper (1882-1967) y Andrew Wyeth (1917- 2009) son fundamentales para apreciar el contexto en el que Larraz se formó como artista. A partir de 1967 se dedicó a tiempo completo a pintar, y en 1971 tuvo su primera exhibición personal. Muchas le han sucedido, colocándolo en un lugar privilegiado entre los artistas contemporáneos más exitosos.

Las pinturas de Larraz se destacan por sus inusuales composiciones, sobre todo por elementos formales deudores de la fotografía, como son el encuadre y los cortes en las imágenes. (…) Una parte considerable de su obra son paisajes en los que la presencia del hombre es más bien implícita. Escenas aparentemente serenas, se vuelven enigmáticas e inquietantes en una segunda lectura. (…)

El tratamiento de la luz deviene uno de los aspectos centrales de varias de sus composiciones, sobre todo, en aquellas en las que representa el mar, en las que logra pintar la transparencia de las aguas de una forma casi táctil.

(…) La obra de Larraz es atemporal, y cuando elije un hecho histórico (…) como, por ejemplo, la tan polémica colonización de las Américas, lo hace de una forma imparcial (…). Su obra en general posee una cualidad enigmática y a la vez sublime. (…) Sus imágenes parecen estar en otra dimensión, que es el resultado de esta combinación entre lo existente y lo ilusorio, de ahí que posean ese misterio de lo conocido y lo desconocido a la vez.

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