La escultura pública habanera…

/ 19 julio, 2014

La escultura pública habanera en la afanosa ruta de la modernización

 

Desde que en 1634 La Giraldilla fuera colocada sobre la torre de nueva construcción en el Castillo de La Real Fuerza —convirtiéndose la grácil figura en el primer símbolo de la urbe— La Habana crece y se consolida en sus perfiles monumentales como una ciudad escultórica. Es de sobra conocida la importancia que el gobierno español le concedió a la escultura pública para refrendar a escala urbana la dimensión simbólica de su poder colonial. Pero la pléyade de fuentes y estatuas desplegada (sobre todo a lo largo del siglo xix) en las principales plazas y avenidas dan fe de una concepción muy limitada, todavía, de la producción escultórica ambiental. (…) El tránsito hacia el siglo xx, estrechamente asociado al nuevo estatus político de la nación en virtud de la proclamación de la República el 20 de mayo de 1902, no interrumpió la presencia ascendente de la escultura pública en el espacio urbano de la capital, de modo que fueron numerosas las obras erigidas durante la primera mitad de la centuria, incluidos los magnos sistemas monumentarios enclavados en las arterias de mayor jerarquía, como la Calle G o Avenida de los Presidentes y el privilegiado espacio simbólico del Malecón. Sin embargo, en términos formales, siguió predominando la orientación académica, cuya repetición en suelo cubano no es sino reflejo del anquilosado gusto de los comitentes y del ideal estético de los creadores, mayoritariamente extranjeros y estrechamente apegados a los patrones neoclásicos.

Salvo un punado de excepciones, apenas si hubo oportunidad para los artistas del patio; los contados escultores cubanos que hallaron ocasión de acometer obras en el ámbito del arte conmemorativo —Juan José Sicre, Teodoro Ramos Blanco, Ernesto Navarro, Florencio Gelabert, Fernando Boada— debieron conformarse con realizaciones de menor alcance desgranadas en algunas diferentes barriadas capitalinas y con aislados encargos de monumentos funerarios en el Cementerio Cristóbal Colón.

(…) De lo anterior deriva el invaluable merito que se le concede a esas obras de artistas nacionales que, sorteando tanto la escasez de encargos como el gusto de una comitencia aferrada a los modelos académicos y con un favoritismo obvio por las firmas foráneas, lograron imprimirle a sus puntuales incursiones en la escultura publica una vocación de renovación estética equivalente a la que desde finales de los años veinte se hacía patente en el sector vanguardista de la producción pictórica y la escultura de salón.

(…)Al amparo de la perspectiva posmoderna que estimula la (re) evaluación ponderada de las producciones del pasado, hoy estamos mejor pertrechados para aquilatar la valía de este fértil legado que todo lo abraza: tanto aquellas obras asidas a los cánones historicistas de ascendencia europea, reproducidos acá casi siempre por autores extranjeros y al margen de sus originales contextos de referencia, como estas otras gradualmente alentadas por el afán modernizador de nuestra escena pública que propulsaron los más osados escultores del patio. En cualquier caso, la escultura ha sabido acompañar el ejemplar proceso de expansión, configuración y consolidación de los perfiles de La Habana, refrendando con sus múltiples encantos la seductora imagen de esta gran urbe moderna y monumental.

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