Fors en Pier 24: ciudad y Memorias

/ 10 junio, 2013

En las márgenes de las aguas de la impresionante bahía de San Francisco se asienta un magnífico espacio para el arte contemporáneo, diseñado para proporcionar un ambiente íntimo donde ver y conocer la fotografía. Se trata de Pier 24, el sitio de exhibición de la colección fotográfica permanente de la Fundación Pilara.

El trabajo de José Manuel Fors ha entrado a esta colección. Quizás se deba a que la obra del cubano es, entre las de la Isla, una de las más particulares y seductoras. Su labor se ha gestado y desarrollado fundamentalmente en La Habana, también alrededor de una bahía, que en este caso mira al mar de las Antillas. Y aunque este no es un referente directo en sus piezas, un piélago infinito de reminiscencias y asociaciones las envuelve. Probablemente también la preferencia se afiance en el hecho de que Fors es mucho más que un fotógrafo, y goza de esa condición intrincada y recóndita que lo hace un contemporáneo hombre del Renacimiento, un seductor postmoderno irremediable.

Sin embargo, no se trata de la actitud de quien va en pos de lo espectacular y grandilocuente. Son más bien retazos, jirones, que en un momento determinado irradian un pasaje ante la mirada del artista, quien con cierta displicencia pareciera amontonarlos en algún furtivo rincón de su cuarto oscuro. Luego los va recuperando, como si desatara la madeja de un laberinto sensorial, íntimo, sin pudor ante las transmutaciones ni las contaminaciones. Tal y como manipula el diafragma y la velocidad, o prepara un set para tomar fotografías, usa imágenes encontradas y deliberadamente creadas por otros, manipula viejos y nuevos negativos, refotografía, vela, recontextualiza, superpone. Todas estas «citas» desdibujan su individual ADN, y se regeneran en un sinnúmero de nuevas asociaciones, muy en consonancia con una suerte de estética postmoderna que ahonda o se sumerge en lo introspectivo, pero no en lo estrictamente personal o privado, sino más bien en una concatenación de sugerencias afincadas en experiencias cercanas y a la vez colectivas.

(…) La fascinación que ejerce la obra de Fors ha de llegarnos probablemente de la irrealidad temporal que sus obras suscitan, esa capacidad de entrampar la fugacidad de un instante en el momento mismo en que se nos escapa. El silencio dominante de Pier 24, su ambiente de salitre exterior y la sugerida iluminación náutica servirán de complemento a las cientos de inscripciones inencontrables y desleídas que han atravesado todo un continente para llegar de un océano al otro y permanecer allí, más allá del tiempo.

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