Ernesto González Puig: un artista de vanguardia

/ 8 diciembre, 2013

En 1975 el destacado poeta y crítico Pedro de Oraá, en sus palabras al catálogo de la exposición Puig. Dibujos y temperas. Algunas obras inéditas del 48 al 68, que se organizó en Galería L, escribió que la figura de González Puig estaba llamada a rescatar un puesto relevante dentro de la pintura cubana. En tal sentido, el también artista abogó por la necesidad de emprender entonces una exposición de carácter retrospectivo que descubriera el periplo seguido por este autor durante varios decenios y sus disímiles períodos pictóricos. Doce años más tarde, en marzo de 1987, el Museo Nacional de Bellas Artes organizó la excelente muestra, curada por Orlando Hernández bajo el atinado título Puig desconocido. El tiempo implacable continuó su curso, y veinticinco años después de aquella ambiciosa muestra Ernesto González Puig continúa siendo lamentablemente, para muchos, un artista desconocido.

(…) Con solo diecisiete años de edad, Puig realizó su primera exposición personal en septiembre de 1934 en el Lyceum de La Habana. La crítica lo calificó en ese momento como la nueva revelación de la pintura cubana. Un artista en formación cuyo primer intento fue considerado como acertado y de una innegable novedad. Su demostrado afán por situar las cosas bajo el signo del pensamiento más allá de la emoción constituyó argumento suficiente para resaltar entonces su condición de pintor intelectual.

(…) Con posterioridad la obra de González Puig continuó su andar por un camino que se diversificó, pero siempre marcado por un agudo sentido de la experimentación. Si hay algo de lo cual Puig nunca adoleció fue, precisamente, de su extraordinaria capacidad para fabular y crear mundos tan irreales como divinamente fantaseados. Hacia los años sesenta evolucionó a lo que se considera el eje principal de su creación: las series de islas y ciudades. Tras un interesante proceso de reconsideración de la geografía insular, alejados de todo localismo, sus paisajes adquirieron plena universalidad. Con el tiempo sus islas se volvieron bravas o espíneas y se fueron llenando de soles, gentes, signos y abundante vegetación. González Puig construyó así su propio canto de insularidad, persuadido de que el hombre debe mirar en todo momento hacia adentro y a su alrededor.

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