En el bullicio de una prosperidad siempre incompleta

El arte de Ángel Urrely

/ 1 septiembre, 2016

(…) Cubano de 186 centímetros de altura, nacido en la Habana en 1971, Ángel Urrely emigra a República Dominicana en 1999, con Cuba y 365 bicicletas pedaleando entre su cabeza y sus libretas de sketches.   Desde su primera exposición en Santo Domingo, Fuga sobre la Marcha, presenta su obra como un esmerado y único cabinet de curiosités. Hecha de bocetos con aros y pedales que arma, desarma, y rearma con velas, esquíes, remos, paraguas y otros soportes, propulsados por motores de hélices con los que vuela, se desliza en el hielo o en el agua de su Habana.

Toda la obra de Ángel Urrely guarda una factura constante: la composición minuciosa de elementos heteróclitos que el artista concibe en bosquejos construidos con método, precisión e imaginación. Ángel va a la vida, lleva la vida al arte y le da al arte vida. Su trabajo es extracción, no abstracción. Depura la paja del grano. Ángel establece primero un inventario escrupuloso de la materia social que trabaja. Lleva un diario que va llenando de noticias secundarias. Son noticias que se aglutinan sin relación alguna y sin otra gran importancia que la del momento. Ángel toma esos recortes de periódicos y reescribe en ellos la noticia: la dibuja, la anota, la investiga, realiza collages sobre ella con otras noticias. Le agrega sus propios pensamientos, conectando hechos presentados como fait-divers, con sus motivos profundos, con sus consecuencias, con sus causas y efectos colaterales, con su historicidad clandestina. (…)

Es en el 2007 cuando la producción de Ángel adquiere una maduración decisiva, con el erguimiento de un bestiario estructurado, es decir, un macrocosmos de elementos constituyentes que asisten a la formación de un todo, concatenado y no excluyente. Su fórmula es vincular a través de la plástica 1) las condiciones de privación acumulada (hambre, carencia, despojo propios del mundo de la pobreza), y 2) la exigencia de ser por una sociedad que atribuye importancia social, de acuerdo a la posesión de patrimonios materiales. Para unos, los que poseen, lo crucial es mostrar; para otros, los que no tienen, es la cacería por obtener esos recursos que invisten dignidad (“respetabilidad” que asigna la sociedad) a los que los posean. Para todos, la reducción de la humanidad a su primitivismo más burdo y feroz, el que eleva al rango de importante lo que deben ser “meros instrumentos”. De ahí surgen figuras que el ingenio de Ángel supo poner en bucólicas vacas empachadas y emparchadas con números, que se convierten en territorios de disputa, y por tajos, como si fuese una subasta carnicera. Un canibalismo organizado y estimulado, de una antropofagia social, que acude al volumen, al número, a la medida, para expresar la importancia de ser en una sociedad que solo reconoce la fuerza bruta, la virilidad masculina. En suma, Ángel construye un bestiario de los vestidos con los que se arropa esa prosperidad siempre incompleta. (…)

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