El sorpresivo retorno de Nelson Villalobos

/ 1 septiembre, 2016

Siempre pensé que el Open Studio era cosa de gente joven, de adolescentes, una ocasión para que los artistas recién iniciados mostraran sus nuevas y egolátricas creaciones a los muchachos y muchachas de su edad en un ambiente íntimo, casero, más informal que el de las galerías, donde pudieran conocer gente nueva, tomar unos tragos y quizás compartir unas tóxicas o enrarecidas bocanadas de humo. Pero parece que me equivoqué. El joven artista Nelson Villalobos está a punto de cumplir 60 años (aunque en realidad parece de 80 debido a su larga barba blanca), y acaba de invitarme a un open studio en su vieja casona de Apodaca 260 entre Factoría y Aponte, en La Habana Vieja, a solo unas cuadras de la Terminal de Trenes y de la Fuente de las Indias.

A primera vista no tendría por qué asombrarme. No es nada raro que Villalobos o quien sea organice un evento artístico casero (que no hay por qué llamar siempre “alternativo” o underground) en vez de una exposición más seria en una galería (algo que por cierto, tiene programado hacer en el Centro Cultural Hispanoamericano, frente al Malecón habanero). Y digo que no es raro porque en verdad los open studio han existido siempre, aunque sin ese  nombrecito en inglés. Todos los que acostumbramos a visitar a los artistas en su propia casa y no a encontrarlos ya vestidos de limpio en las inauguraciones podemos disfrutar allí de ese maravilloso espectáculo donde por primera vez lo privado comienza a hacerse público, donde las obras comienzan a coquetear tímidamente con la mirada de los otros, con la opinión de los otros, con el “me gusta” o “no me gusta” a que se reduce luego todo el asunto. Se trata quizás del único instante en que uno puede ver obras reales, auténticas, vivitas y coleando, en estado de evolución, de efervescencia; cosas realmente artísticas pero que todavía no lo saben, que aun no se han convertido completamente en obras artísticas, donde no ha comenzado aun ese proceso de oxidación y deterioro que sufren al entrar en contacto con las opiniones, las especulaciones, las definiciones, las teorías, las buenas y malas críticas, pues todavía carecen de consagración, de ese barniz de irrealidad, de ese falso halo místico que adquieren cuando son colocadas sobre una pared blanca y bien iluminada. Podemos contemplar bocetos geniales que no llegaron nunca a ser otra cosa que bocetos; proyectos que desde el inicio se declararon definitivamente irrealizables, y desde luego, también obras feas, frustradas, malogradas, que se salvaron de la destrucción porque tenían “algo”, un “no sé qué”, así como obras hermosas que a pesar de eso nunca llegaron a cruzar el umbral, porque pertenecían exclusivamente a esos espacios íntimos. En esos momentos es que uno puede ser testigo del Universo artístico en su estado puro, de mayor perfección, antes del Big Bang, previo a la formación de los planetas y satélites, es decir, de los críticos, curadores, asistentes, representantes, negociantes, publicistas, funcionarios, espías, politiqueros, charlatanes, censores, parásitos, faranduleros y demás asteroides y basura cósmica que  completan  el sistema del arte. Allí las obras pueden contemplarse en el más perfecto y democrático caos, recostadas a la cama, con un pulóver o unas medias encima, llenándose de polvo sobre un escaparate, clavadas detrás de una puerta, o al lado del espejito del baño, mientras desde la cocina el artista te grita que si quieres un buche de café (“Es Pilón, asere, lo traje de Miami”) o un batido (“¿De mango o de guayaba?”), lo cual te permite el privilegio de observar al calamar (o a la calamara) moviéndose gozosamente dentro de su tinta. Pero no sé si es eso lo que podamos ver en casa de Villalobos o si será algo más ordenado y previsible. Pero, ¿no es la sorpresa uno de los ingredientes de estos encuentros cercanos que propician los Open Studio? (…)

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Comments

Jose Ramon Alonso Lorea

17 septiembre, 2016

Que buen texto Orlando, como siempre. Me haces reir con tus ocurrencias, metaforas, parabolas y usos literarios de la palabra… y me obligas a reflexionar. Eres un tipo brillante. Mandame tu email, porfa.

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