El Grito Silencioso. Voces en la Abstracción en Cuba, 1950 -2013

/ 8 diciembre, 2013

El movimiento abstracto cubano, ese que despunta con fuerza única en la escena artística nacional hacia principios de la década de los años cincuenta, es solo equiparable con otros dos momentos de la historia del arte nacional: la Vanguardia histórica, alrededor de la órbita de la Revista de Avance (1927 -1930) y la Exposición de Arte Nuevo (1927), y el movimiento de Nuevo Arte Cubano nucleado alrededor de la exposición Volumen I, en 1980. La irrupción del arranque abstraccionista significó, por primera vez en la historia del arte nacional, la puesta al día con respecto a las tendencias del arte internacional de avanzada. Reaccionando ante la dominancia narrativa y una predominancia de la visión folclorista y edulcorada de lo cubano, los pintores abstractos, acompañados de una particular intransigencia ética, proponían un acercamiento enteramente nuevo que cortaba de tajo con la férrea tradición figurativa del arte en Cuba.

Para finales de la década de los sesenta, la abstracción cubana había sido acallada. El arte, sorteando los compromisos que exigía el momento, buscó alternativas a la línea dura del realismo socialista y encontró asideros en tendencias como el pop y el foto realismo. A los artistas abstractos que continuaban trabajando en soliloquio dentro y fuera del país, se sumaron nuevos nombres en generaciones sucesivas, Ernesto Briel, Carlos García, Elpidio Huerta, Eduardo Rubén, José Omar Torres, Raúl Santos Zerpa, Carlos Trillo, Julia Valdés, entre otros tantos. No obstante, la tendencia abstracta no será objeto de interés, y después de la sintomática exposición Expresionismo Abstracto2, celebrada en Galería de La Habana en 1963, no habrá ninguna que apele a este pulsar del arte en Cuba.

Pinturas del Silencio (Galería Acacia, 1997), un proyecto curatorial de la mano de dos pintores jóvenes interesados en la abstracción –Ramón Serrano y José Ángel Vincench–, desenterraba por primera vez después de más de tres décadas, obras cruciales dentro de la tradición abstracta cubana. Algunas rescatadas de los talleres de los artistas, como era el caso de Sin título, de Antonio Vidal, 1960; otras, en estado paupérrimo, provenían de las bóvedas del Museo Nacional de Bellas Artes. El caso más sintomático fue la obra de Luis Martínez Pedro de la serie Aguas Territoriales, plagada de moho, que fue exhibida tal cual. El deterioro de la misma apoyaba la tesis curatorial: el olvido en torno a la tradición abstracta en Cuba. La muestra, lejos de estar animada por un interés nostálgico, probaba que el movimiento gozaba de muy buena salud. Las obras de Antonio Vidal, Raúl Martínez, Julio Girona, Salvador Corratgé, Pedro de Oraá y Martínez Pedro coexistían en vibrante diálogo con las de José Franco, Carlos García, Flavio Garciandía, Vásquez Martín, Glexis Novoa, Eduardo Rubén, Sandra Ceballos, Ramón Serrano y José A. Vincench, en un caudal común que develaba una línea de continuidad subrepticia y riquísima de más de cinco décadas.

 

Fragmentos de palabras al catálogo de la exhibición del mismo nombre, por Janet Batet y Rafael DíazCasas.

1 Expresionismo abstracto (enero 11-febrero 3). Galería de La Habana, La Habana, 1963.

 

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