El bailador en la azotea y la artista en el jardín

/ 8 marzo, 2014

Arte en La Habana a inicios del siglo veintiuno

 

Una característica esencial del arte cubano hoy se halla en la forja de vínculos entre un número creciente de autores y los mercados, así en plural. (…) Han aumentado en número e importancia las colecciones enfocadas total o parcialmente hacia la producción artística que emerge de Cuba.1 La actividad comercial en galerías y estudios de La Habana hace pensar, igualmente, en una reanimación incipiente del coleccionismo nacional.

La vista puesta en el destino comercial puede convertirse en un factor estimulante para que encuentren cabida en las obras fenómenos cotidianos, típicos y estereotípicos de la sociedad cubana. (…) Ello, en parte, explicaría la popularidad más o menos pasajera de ciertos motivos iconográficos reiterados hasta convertirse en moda, desde los ochenta y hasta hoy: el mapa de Cuba, la bandera nacional, la balsa, el muro, el avión, etc. (…) Otras miradas y otros juicios deberán sumarse siempre, para conducirnos a entender a muchos de estos artistas y sus creaciones como algo complejo, parte de una realidad que se alimenta simultáneamente de información y referencias cercanas, y de fuentes ubicadas mucho más allá de las fronteras nacionales. Llegados a este punto, cabe recordar que al menos desde el arranque de la tradición moderna, en las primeras décadas del siglo xx, el arte hecho en Cuba ha logrado equilibrar sus prioridades, mientras oscila entre la atracción intensa hacia fuentes vernáculas y la fascinación con lo que acontece en el arte y la cultura fuera de sus fronteras.

Todo lo anterior implica que las experiencias actuales de los artistas habaneros se ven condicionadas por el ascenso en importancia y por la influencia creciente del fenómeno reconocido como “glocal” y sus consecuencias, sobre todo con la llamada “glocalización” de la cultura planetaria.2 (…) La observación del presente artístico en Cuba da indicios de negociaciones en curso, intensas y con resultados por supuesto variables. Junto a obras en las que esos equilibrios mencionados más arriba cristalizan con perspicacia y soltura, aparecen otras creaciones en las que se adoptan maneras reconocibles, hasta lo superficial, de adaptación al internacionalismo corriente. (…) La situación globalizada de la cual participa hoy en cierta medida el arte cubano se caracteriza por la correspondencia entre los movimientos de capital y la apertura de mercados en la economía en general, y el movimiento paralelo de artistas y de obras por sobre las fronteras de ese mismo mundo que el capital acerca, conecta y hace cada vez más interdependiente.3 (…)

 

  1. La exposición Kuba o.k. (Kunsthalle Düsseldorf, Alemania, 1990) despertó el interés por el arte cubano de los coleccionistas alemanes Peter e Irene Ludwig. Ello condujo a la compra de la mayoría de las obras presentadas en Düsseldorf, las que fueron ubicadas en el entonces flamante Museo Ludwig para el Arte Internacional de Aquisgrán, Alemania. A partir de 2001 toma cuerpo la colección de Howard y Patricia Farber, estadounidenses interesados en el arte cubano producido de los ochenta en adelante. Entre varias colecciones enfocadas en la producción *reciente destaca igualmente la de los estadounidenses Donald y Shelley Rubin, basada en Nueva York.
  2. Duve, Thierry de. “The Glocal and the Singuniversal. Reflections on Art and Culture in the Global World”. En: Third Text, November 2007, p. 682.
  3. Stallabrass, Julian. Art incorporated: the story of contemporary art. Oxford, Oxford University Press, 2004, p. 4-10.

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