El Asthma de René Francisco Rodríguez

/ 1 junio, 2016

El arte de René Francisco Rodríguez se ha valido siempre del poder sugestivo de la metáfora y la ambigüedad. En su obra no hay discurso cerrado, pues la interpretación participativa del espectador parece ser tan importante como el acto creativo. Aún más, diríase que forma parte de la misma obra, lo que es inherente al arte contemporáneo. Heredero del espíritu renovador y cuestionador de Volumen I, cronista de una Cuba polémica a partir del dúo que integrara con Eduardo Ponjuán, portador de un ejercicio novedoso y necesario en la educación artística cubana con su grupo Desde una Pragmática Pedagógica (DUPP), René Francisco no ha desistido nunca de su intención de provocar y subvertir los códigos.

Fiel a su impulso revolucionario, el artista nos presentó la exposición Asthma, que estuvo abierta durante los meses de febrero y marzo en la céntrica Galería Habana. Este espacio fue testigo de un discurso curatorial sui géneris, que nos invitaba a pensar en no pocos desafíos de la actualidad, a través de la relación no siempre armónica entre tradición y modernidad, y más específicamente entre dos objetos productores de contenido por excelencia: libros y computadoras. La muestra entera respiraba cierta nostalgia por un pasado no tan lejano, pero sí cada vez más distante debido a la permanente revolución tecnológica que vivimos. El Premio Nacional de Artes Plásticas (2010) nos convidaba, una vez más, a detenernos a pensar en cómo vivir en estos tiempos de nuevas sensibilidades, en los que la fugacidad del cambio pudiera dejarnos sin aliento, en un jadeo interminable, tal y como le sucede a un asmático.

La obra que sirve de pórtico a la muestra es una instalación en donde la ironía no falta y cuyo protagonista es una de las personalidades más influyentes del mundo del arte: el suizo Hans Ulrich Obrist, cuyo rostro sirve de portada al número 104 de la reconocida revista Surface. Ulrich es un navegador profuso de Internet, donde ha conformado ya numerosas colecciones virtuales, en una suerte de “Museo Nano”, primero en Facebook y luego en Instagram. Y es también un ávido lector, que desde joven asumió una noción abierta de la curaduría y de la cultura visual que le permitiera, entre otras cosas, curar una exposición de obras de arte de la misma manera que una de arquitectura o de literatura y libros.

El artista cubano no pasa por alto ese concepto de curaduría de Hans Ulrich, y menos aún su capacidad para combinar orgánicamente dos mundos tan diferentes como lo son el libro y el ordenador portátil. El matiz irónico y ambiguo de esta primera pieza viene dado por el inhalador que René Francisco le ha colocado a Ulrich. ¿Será que el cubano quiere poner al comisario suizo en sus mismas circunstancias, ya sean estas culturales o de otra índole? ¿Quiere colocar al curador en un mundo en que la revolución tecnológica es tan importante como la existencia cada vez más agónica o menos perdurable del libro en su soporte tradicional? Pareciera que René Francisco desea situar a Ulrich en la realidad de su propia “surface” (superficie), en su mismo pellejo. Y para ayudarlo y hacerle más llevadera la travesía, le coloca un inhalador con el fin de aliviarle la ansiedad y la sensación asfixiante que le provocaría el asma, tal como pudiera sucederle a él mismo. (…)

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