El arte que no conoce su nombre

/ 1 junio, 2018

(…) “No vemos jamás las cosas tal cual son, las vemos tal cual somos” (Anaïs Nin): una figura humana reiterada decenas de veces y una serie de fotografías intervenidas con signos de violencia, adheridas a objetos encontrados en desechos públicos. Si esta experiencia se categorizara como producción artística y se sometiera a un análisis semiótico, de seguro, habrían coincidencias en alusiones al pop, en el primer caso, o al movimiento dadá, en el segundo; sin embargo, cualquier enfoque académico sería desacertado si no se cuestionara antes quién es el artista, sus intenciones y el discurso que proyecta. Entonces, la primera y muy importante cuestión radica en que estos expedientes escriben su historia sobre trastornos psicológicos, por lo que cambia toda fórmula interpretativa para decodificar –si se intentara– su universo creativo, y aun no fuese esta condición una total determinante para el resultado final de su obra, constituye un paliativo para definir de manera consciente una intención ideoestética –aunque se procure un orden visual– y una problemática artística -evidentemente suscitada en la lectura externa.

Para este tipo de creación, surgida mayormente en contextos de marginalidad, apartada de las academias y el mercado del arte, los investigadores han asumido el término de outsider (los de afuera), acuñado por Roger Cardinal en 1972, como un concepto escurridizo e incómodo pero aglutinador, con el que puede trabajarse en la sistematización de esta práctica, salvando los límites per se de toda innovación terminológica. Este y otros similares como pintura psicopatológica, arte visionario y arte marginal, entre otros, contemplan como plataforma fundamental las definiciones realizadas para Art Brut por el artista francés Jean Dubuffet. En cualquier caso –y en estas poéticas aún más–, la acción de anteponer la retórica y el acervo cultural a la sensibilidad solo pudiese llenar de arrogancia la actividad del crítico-forastero para convertirse en un verdadero intruso, con una mirada total e irónicamente “outsider”.

El primer acercamiento a la obra de Misleidys Castillo resultó un link directo a sus primeros años de vida y los padecimientos cerebrales, auditivos y del espectro autista que le afectaron para siempre su socialización, comunicación y reciprocidad emocional. (…) Dentro de su repertorio –me atrevo a decir– catalogado, llama la atención la reiteración de fi guras humanas de apariencia fornida, que roza la anatomía de fisiculturistas hombres y mujeres, representados con cierta semejanza al canon de perfil usado por los egipcios y de contornos marcados y vueltos a marcar: toda una metodología que apela a conductas repetitivas, propias de su patología.

(…) Mientras Misleidys crea sus códigos, a partir de ciertos caracteres introspectivos y crípticos, para dialogar con el mundo que se dice racional, Jorge Alberto Hernández Cadi (El Buzo) emprende su búsqueda en las afueras de su ambiente íntimo para subvertir su propia realidad, que ha sido fragmentada por la escisión emocional y perceptiva, característica de su esquizofrenia patológica. De ahí que El Buzo, encuentre en los lugares más inhóspitos, donde el mundo perfecto vierte sus desechos, los objetos que posteriormente devienen su obra, inconscientemente muy próxima a los ready-made duchampianos.

(…) Ambos artistas proyectan un lenguaje de expresión libre, con planteamientos capaces de ser leídos tanto desde su espacio de comprensión y asimilación particular de la realidad como desde los códigos del arte contemporáneo. Que desde dentro no se conozca y concientice cualquiera de los términos que reúne esta “gestaltung”, es positivo: “el descrédito de nuestro sistema científico nos ha hecho crédulos” (Lyle Rexer).

Claudia Taboada Churchman

Claudia Taboada Churchman

La Habana, 1990. Crítica de arte y curadora para la Galería Villa Manuela. Textos suyos pueden consultarse en catálogos de exposiciones y en publicaciones como la revista Artecubano, Revolución y Cultura, La Jiribilla, el tabloide Noticias Artecubano y los sitios web Habana Patrimonial y Habana Cultural. Recientemente uno de sus proyectos curatoriales fue premiado con la Beca de Curaduría que otorga el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales.

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