Not for sale

Imagine. Una obra ha sido concebida para la intimidad. El artista no quiere que nadie la vea. Que nadie opine o intente desentrañarla. Posiblemente él mismo no esté seguro si es su mejor o peor pieza. Pero alberga un misterio, un poder de atracción que la desplaza a una zona de delirio y egoísmo. “Es mía”, y para que los demás entiendan: “no está a la venta”. No está apta para el escrutinio, y no por falta de maduración de las ideas, sino porque es la esencia, el núcleo, la médula, el eje; porque sin esta el artista no sería quien es, porque todo lo demás son excelentes o no tan destacadas maneras de llegar a ese punto, o porque desde ese punto comprende cómo llegar a la excelencia.

Todo creador se guarda para sí una obra a la que prefiere no tener que decir adiós, ni por todo el oro del Perú. ¿Qué pasaría si pudiéramos tener acceso a una selección de estas, de un grupo de artistas elegidos? ¿Qué criterio podría guiar la exhibición de estas piezas? ¿Cuál sería su destino? ¿Perderían su magia, su aura, aquello que las define como la quintaesencia del espíritu del creador? Partiendo de esta ilusión surgen múltiples interrogantes. Algunas relacionadas tangencialmente con el omnipresente mercado del arte.

El mercado cumple un papel definitorio en el mundo del arte contemporáneo. Negarlo sería absurdo. Y en Cuba resulta ser un ingrediente especial en tanto el mercado no es manejado de las maneras establecidas –galerías, ferias, subastas…–, aunque estas también están presentes. El estudio se ha convertido en el eje de la estrategia de mercado para todo un país, y aun cuando muchos artistas conocen, respetan y siguen al pie de la letra las convenciones internacionales, es inevitable muchas veces que creen, establezcan y traten de conectar a los circuitos un espacio de creación o exhibición en una de las ciudades de Cuba.

Son dos niveles que deben convivir en el arte: lo privado y lo público que suponen la creación. Crear para sí o crear para los otros, y en última instancia para el mercado.

Entre los artistas sobre quienes hemos centrado esta vez nuestro foco de atención se encuentran José Ángel Vincench, Carlos García, Alejandro García y Alexandre Arrechea. Este último con una nueva intervención pública a gran escala que vuelve a despertar amplia polémica y reconocimiento social.

Un libro sobre los murales en Cuba, producido en formato digital por Ediciones Boloña, La Habana, resulta imprescindible para el acercamiento a este tema por su amplísimo paneo histórico y geográfico. El trabajo de Pepe Franco en proyectos públicos en Argentina y Estados Unidos, que destaca por un despliegue del imaginario del artista a gran escala y un impresionante dominio técnico. Un texto sobre la valla en el arte cubano como tema o soporte. Nuevos acercamientos de Art OnCuba al tema del arte público, que nos deja pendiente una exploración a las iniciativas surgidas desde las instituciones cubanas en los años ochenta, poco estudiadas y puestas en valor hasta nuestros días.

Tres exhibiciones colectivas se encuentran ampliamente reseñadas en estas páginas. En New York, Milán y Washington fueron exhibidas tres perspectivas sobre el arte cubano que apuntan a generaciones diferentes: Galerie Lelong con una selección de trabajos de Amelia Peláez, Loló Soldevilla y Zilia Sánchez que apunta a una mirada sobre la abstracción; el Pabellón de Arte Contemporáneo exhibiendo un grupo de piezas que contribuyen al concepto planteado por los curadores sobre cómo los acontecimientos cubanos dejaron una marca indeleble en el corpus de la historia mundial del siglo xx; y el Art Museum of the Americas con un estudio de las más jóvenes propuestas en el arte cubano contemporáneo.

Estas tres exhibiciones coincidentes en el tiempo bastarían para confirmar que estamos de moda, que el mundo está mirando a fondo lo que sucede con el arte cubano, que lo privado es cada vez más público. Veremos, en el camino, cómo los artistas preservan y se integran, cómo se adaptan.

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