Un paparazzi de laboratorio

/ 6 septiembre, 2017

El fotógrafo cubano Álvaro José Brunet cruzó la frontera con los pies secos. Llegó a los Estados Unidos con una mano alante y la otra, en el disparador de su cámara para enfatizar, más que demostrar, su destreza y talento. Y enfatizó, enfatizó tanto su oficio como argumento de sus dones que la galería Kendall Art Center acogerá su muestra personal durante el mes de septiembre de 2017. Una exposición sostenida por su modo de dibujar con luz que maquina durante horas de trabajo: de allí esos objetos que crea para sugerir una realidad que lo habita más allá de lo cotidiano. Él no busca nada en la fluidez del tiempo ni en el azar. Domina que la naturaleza, o el azar, nunca le devolverán lo que erige su invención.

Su serie El peso de la vida le abrió los trillos pertinentes para entrar y permanecer en el insubordinado mundo de las artes visuales. Ahora calcula desde su estudio-laboratorio cómo azuzar el imaginario social de una ciudad que le es impersonal, mover los resortes sensoriales de un contexto que se las trae: Miami.

Álvaro se enrola en estos asuntos, y siempre que lo hace sale ileso; pero a estas alturas ya no puede pasar gato por liebre. Es sabido que conscientemente se vale de símbolos que persigue durante días y noches, y cuando los tiene los convierte en arquetipos tangibles para remover el instinto colectivo como modo de anular al espectador cuando se haya frente a la obra. Ese sentido de inferioridad en el que la obra sitúa al público es, paradójicamente, el que lo vivifica. Es una especie de batalla de contrarios. Una ofensiva donde el público perderá siempre por su condición efímera. Pero aún así se lleva el trofeo, es tan vanidoso que no admite su derrota. Todo ello lo calcula el artista, pero debe ser cuidadoso una vez que condene al producto a esta jugarreta. Como quiera toda emoción acumulada en la obra es final y resurrección de un estado de ánimo, y ese estado debe ser veraz porque de lo contrario se convierte en un escenario muerto. (Algo que en los últimos tiempos es una epidemia).

No me atrevo a negar que la obra de Álvaro sea una especie de metáfora calculada que encontró solaz en la fotografía. Se las ha ingeniado para erigir un argumento a partir de la imagen que prefija. Dentro de ese testimonio queda dilucidado, a priori, la maquinación de ciertas reacciones. Ello resulta demostrable en ese cuidado de sostener en equilibrio lo hedónico y lo conceptual, valiéndose de una especie de poética fotográfica asentada, por lo general, en un reflejo yerto de nuestra conciencia: intromisión en zonas de la sexualidad que desembocan en la duda, desencanto, lo cotidiano tirado a morir, la degradación de los regentes; por citar ejemplos de lo que se puede apreciar en el panorama de sus obras.

Este método no es novedoso si se revisa la historia de la fotografía, pero viéndolo desde el contexto en que Álvaro produce sí es apreciable su singularidad. Dar al objeto un espíritu vacío para demostrar ineficacias de toda índole ya lo hace distintivo, además de riesgoso si se tienen en cuenta actitudes oficialistas. Es como si el hecho artístico viniese a reivindicarse más allá de la idea, y esa idea se convirtiera en ceniza una vez que el público la consume, precisamente porque es imagen y semejanza de su cotidianidad. ¿A quién le gusta vivir en el martirio de tener que ver, o recordar, sus miserias?

El objeto es procesado para confortarlo y morir en el acto, su actitud efímera no le concede otra opción. Esta particularidad sitúa la obra de Álvaro dentro de una especie de performance sostenido, argumento verificable en el carácter perecedero del objeto que funciona como modelo, que por lo general termina siendo olvidado, pero por suerte todo ello se documenta en la foto como consecuencia definitiva; de ahí mi apreciación de que Álvaro ha transgredido, acaso con cierto cargo de conciencia, el trabajo fotográfico para encontrar un modo novedoso de lograr una obra de laboratorio. Desde luego, ello es válido cuando la finalidad arroja un resultado eficaz en todos los sentidos; y por lo visto, contra todo pronóstico, Álvaro lo ha logrado con su orgánica destreza para dibujar con luz lo que maquina durante horas de trabajo.

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