Sistemas

/ 15 noviembre, 2016

La producción artística cubana ha logrado alcanzar y conservar una posición respetable dentro del sistema del arte contemporáneo. Los artistas de la Isla, al crear, no se limitan a ser cubanos, pretenden y consiguen ser universales. Pero, cual sierpe que se muerde la cola, en la búsqueda de lo universal, se reafirman una y otra vez como cubanos.

En los últimos tiempos el mundo ha volteado con mayor intensidad su mirada hacia el arte procedente de Cuba. Instituciones prestigiosas e influyentes publicaciones, de América y de más allá del Atlántico, han amplificado su interés en él. No pocos galeristas internacionales insisten en engrosar su lista de artistas representados con uno o varios nombres cubanos. Grandes coleccionistas viajan a la Isla para estar al tanto de lo que, en cuestiones de arte, en ella acontece. Y si esto no fuera suficiente, los artistas que en otra época abandonaron el país por razones varias, ahora, en un vital intento reconciliatorio, tan añorado y necesario para una nación,  regresan deseosos de mostrar su obra en las instituciones que bien conocen y recuperar su visibilidad dentro de las fronteras de su país de origen.

Sin embargo, el término “frontera” comienza hoy a perder sentido para el arte cubano. El sueño de “Isla-Mundo” se debilita, aceptándose la realidad de ser un engranaje en un sistema mayor que nos supera al tiempo que nos necesita. Y es que el universo funciona gracias a la existencia de innumerables sistemas, conformados por elementos más simples que se interrelacionan, en una cadena que, en busca de su origen, nos lleva hasta partículas elementales como un átomo, el cual, aun siendo la unidad más básica que conserva sus propiedades y estabilidad sin posibilidad de dividirse, está integrado por otros elementos de los cuales depende su funcionamiento (protones, neutrones, electrones). Precisamente alrededor de la idea de la existencia de un elemento macro estructurado por subsistemas, inferiores pero esenciales para su marcha, giran todas las obras de esta exposición, para cuya realización, los artistas han privilegiado un elemento formal básico en las artes plásticas: “la línea”; esa que ha existido desde el inicio mismo de la historia del arte, es protagonista en cada una de las creaciones de esta muestra al manifestarse en materias disímiles, formando parte de la estructura de un dibujo, creando tramas, otorgando corporeidad a las palabras, o simplemente, existiendo como único y determinante elemento dentro de una composición.

Línea Insular es el título de esta muestra que reúne a parte de la obra de diez artistas cubanos en el espacio de la Galería La Cometa. Son creadores de distintas generaciones, algunos ya no viven en Cuba, otros han permanecido en la Isla, unos vienen y van. Todos, con sus propios lenguajes y discursos, al emplear técnicas y soportes diversos, otorgan pluralidad a la exposición. Es esta una manera de mostrar por qué la producción artística cubana es merecedora de tanta atención  y, a la vez, consolidar lazos que desde hace algún tiempo se han venido estrechando entre dos instituciones prestigiosas como Galería Habana (La Habana) y Galería La Cometa (Bogotá).

Algunas de las obras expuestas son un canto a la poesía, la materialización del lirismo y el reflejo de la necesidad humana de creer en lo bello. En este sentido, Glenda León ha sabido combinar muy bien cada elemento para impregnar toda su producción artística de esta sensibilidad. Apelando a su inherente capacidad de síntesis, otorga forma al sonido o a la ausencia de este, esculpe música para los sentidos de la vista y el tacto. Misticismo similar poseen las obras de Gustavo Pérez Monzón, en las que solo una energía poderosa puede desafiar la gravedad y hacer que se suspendan metales en el aire, tal y como lo muestra su instalación Coimbra, que logra trasladar al espectador a una dimensión otra y a  estados de introspección y autorreflexión necesarios para asumir posturas más sosegadas ante las distintas situaciones de la vida.

El tema del espacio y el lugar que en él ocupamos, también es recurrente en varias de las obras de la exposición. El paisaje es tratado desde varias perspectivas y, en todas, es de trascendental importancia el  rol que asume el ser humano en su conformación y modificación. En su serie La realidad del caminante, Enrique Báster refleja los múltiples recorridos humanos que, cual trazas, se entrelazan, superponen y confunden sobre la trama urbana; recorridos que, en ocasiones, son sorprendidos y modificados por acontecimientos imprevistos, ya sean de índole social, económica o política. De manera similar, en su serie Teoría y abstracción, manipula nuestra capacidad y anhelo de encontrar respuestas, al crear –recurriendo a los materiales más diversos que encuentra en su cotidianidad- supuestas cartografías sobre portadas de libros que pierden su funcionabilidad y capacidad de instruir, adoctrinar o moralizar. Hablándonos de la dispersión, de la pérdida de un camino lógico a seguir, de la duda y el descrédito. René Francisco, por su parte, nos ofrece otro paisaje social. Tanto en la obra Sin título como en Hombre tumbado, alude a la idea de la sociedad entendida como masa homogénea y propone una reflexión acerca de la vulnerabilidad de todos los seres humanos, sin excepciones, ante eventos inevitables como la muerte, cual hecho literal o como metáfora del fracaso.

Por otro lado,  Ariamna Contino asume el paisaje como una recreación fiel de un espacio físico existente. La serie Camino al Edén va más allá de cuidadosas reproducciones de bellas imágenes en papel calado. En este caso, al recrear El Desierto de Sonora –como en otras ocasiones El Mar Caribe o La frontera entre Guatemala y Honduras, entre otras de la misma serie- pretende presentar al espectador un corredor habitual usado por traficantes para hacer entrar droga en América del Norte, de ahí el título de la serie. Detrás de la delicadeza de su factura, de los precisos cortes y la meticulosa colocación de una capa sobre otra, se oculta un tema luctuoso que revela el dramatismo de algunas realidades.

Alex Hernández alude a los espacios interiores y los juegos de poder, traslada la práctica china Feng Shui a la dinámica de Occidente y establece nexos entre el antiguo imperio chino (el Feng Shui, en sus orígenes, solo podía ser aplicado a los recintos de los emperadores) y el imperio norteamericano, sintetizando, mediante composiciones geométricas, los distintos diseños adoptados por algunos presidentes estadounidenses, para el interior del gabinete presidencial durante sus mandatos.

En la obra de Glexis Novoa las relaciones de poder son abordadas a partir de una esmerada selección, tanto del contenido como de los medios a través de los cuales se expresa. El artista toma imágenes devenidas símbolos universales de acontecimientos marcadamente ideológicos (La Esvástica, La Hoz y el Martillo) y los dibuja, virtuosamente, sobre mármol. Las piezas encierran una dualidad contradictoria entre lo perpetuo y lo perecedero, basada en la perdurabilidad intrínseca del mármol y la fragilidad del grafito. Dualidad y contradicción extensivas, por asociación, a las ideologías aludidas.

Otras obras indagan en cuestiones inherentes a la existencia humana, encarando asuntos sensibles y complejos. El racismo, por ejemplo, no es una cuestión superada, ni en Cuba, ni en Latinoamérica, ni en el mundo. Si bien en nuestra Isla la cuestión de la raza se debate mayoritariamente, entre negros y blancos; en Suramérica se suma la discriminación hacia las comunidades indígenas; y en Europa, se añaden los conflictos raciales con los originarios del Medio Oriente. Roberto Diago señala esta problemática irresuelta y la denuncia con la sutileza que le brinda el lienzo desgarrado, o los parches deshilachados, que actúan como parábolas de las secuelas y cicatrices más profundas que pueden afectar al ser humano.

Mientras Diago se enfoca en las diferencias que muchas veces distancian a las personas, en el otro extremo encontramos la obra de Alexandre Arrechea, críptica y ambivalente, que marca el inicio de una carrera contrarreloj en igualdad de posibilidades: Jerarquías Negadas es un utópico reflejo del equilibrio. Y en su serie Diálogos, Arrechea revela la necesidad humana de la comunicación, empleando para ello, los recursos que le brindan los lenguajes de la arquitectura y el diseño, recurrentes en toda su producción artística.

En su juego perenne con las morfologías de los textos y sus significados, Iván Capote insinúa temas que hay que descubrir más allá de las palabras. Sus creaciones demandan sagacidad y agudeza intelectual para poder arribar a la decodificación más acertada y completa posible. Su interés como artista es crear una obra marcadamente minimalista, pero sin dejar de lado la búsqueda del atractivo estético. De ahí que el cuidadoso proceso de selección de sus materiales se vuelva también un gesto conceptual.

Las obras expuestas visibilizan lo invisible, revelan las líneas estructurales de lo imperceptible, materializan lo etéreo sin prescindir de su poesía; incluso impregnan de lirismo aquello que, desde su génesis, carece completamente de él. Para ello se valen de técnicas plurales, que no novedosas; no buscan ser avant-garde por innovadores, lo son usando las herramientas que les ha proporcionado la tradición, de una manera desprejuiciada y personal. Papel, lienzo, óleo, bronce, madera, mármol, acero… ¡Hay que ver de qué manera han manipulado estos materiales y soportes! Nos encontramos ante obras que son contemporáneas por el “cómo”, pero también por los temas abordados; temas neurálgicos, que entre lo nacional y lo universal, son, sobre todo, americanos, como ambas capitales.

 

 

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