Saturación del gris

La belleza que nos falta

/ 21 agosto, 2015

Una serie de retratos infantiles que de pronto iluminan espacios por demás hace tanto y más descoloridos de esta ciudad, me ha conmovido. El creador, que firma “Maisel”, me resulta un completo desconocido y en todo caso así lo prefiero por ahora y quizá para siempre. Desconocido para mí, debo aclararlo, que a estas alturas, si algo sé, ya se sabe, es que no sé nada.
Sus rostros de niños que de la noche a la mañana aparecen aquí y allá, en blanco y negro, enormes, sobre esos muros despintados que, a las tantas y largas se les nota que no han recibido antes –en un “antes” que ya dura demasiado– la atención de nadie más, suman gris a lo ya por el tiempo bastante engrisado. Gris sobre gris, que no y para nada el blanco sobre blanco tan demodé, tanto o más desgastado, decadente y añejo que esos viejos muros grises, el blanco sobre blanco tan elegante y tan estético,  tan “lindo” y tan  fuera de lugar, tan fuera de tiempo y de sentido.
Curioso que la pura y simple vida y nada más –ni una gota de color, ni un brillo exagerado, ni un arrebato hiperrealista–, solo eso, la pura vida que brota de los ojos de estos niños  humildes que sonríen con timidez y sorprenden a los transeúntes desprevenidos como yo, sea capaz de borrar el vacío y la vacuidad estéril de esos muros. Gris sobre gris, gris que finalmente satura. Gris que, por una vez, ilumina.
Ya demasiado tentado, a la altura del tercer retrato descubierto, me rindo, doy paso atrás, me decido y me atrevo a preguntar. Me acerco a cualquier hijo de vecino, comento, me asombro, pido saber más. Los pinta un señor, me dicen, pero enseguida se corrigen, no es un viejo, es un joven, no, no, es un muchachón. Ellos, como yo, ya me voy dando cuenta entre tantos y tan contradictorios detalles, tampoco saben muy bien quién los pinta, ni porqué, ni por cuánto.
Pero algo saben. Los vecinos con quienes hablo, todos y cada uno, me dicen las direcciones exactas, todas y cada una, donde están ubicados cada uno de los retratos. Y me dicen más: me dicen que es mentira el mito macabro que circula (¡porque hasta mitos circulan ya!) de que hayan sido inspirados por niños que sufrieran un accidente de tránsito. Por decir, me dicen incluso, con pelos y señales, las calles y las entrecalles  donde viven los niños que protagonizan esos muros. Y me regalan un dato raro que me ocupará por el resto de la tarde bajo el sol terrible de La Habana: uno de los retratos, uno, el único que nunca he visto, el único que creo que me encantaría no tropezarme, pues siento que echaría por tierra la magia que cargan sobre sí los ya atestiguados, ha sido pintado a todo color.
La búsqueda afanosa de ese último y colorido retrato resultó infructuosa, pero tampoco lo fue tanto: nunca lo encontré, que buena suerte la mía, y creo que ni siquiera existe, pero encontré que muchos muros olvidados de este barrio están siendo invadidos por imágenes que imagina “nadie”, y que dejaré para otro comentario. Baste en este minuto con dejar aquí  asentado que son muchas, remarcar que son variadas como varios son los autores (o así me lo parece) y que son alucinantes.
Ya con la caída del sol, descargando en casa las instantáneas de esos muros capturadas esta tarde, me doy cuenta de un detalle, un detalle del tamaño de un doce plantas de cualquier microbrigada: ¡estos retratos han sido retocados! En días, en tardes diferentes, los he fotografiado, y puedo ver ahora, puedo verlo, ¡vaya si puedo descubrirlo!, que alguien alguna vez los ha dañado, les ha raspado la pintura a uno que otro, y luego, en las ultimas fotos, las que he hecho hoy mismo , aparecen de nuevo como nuevos, perfectos, como si nunca nada les hubiera pasado.
O sea, que detrás de todos estos retratos hay un artista, pero no uno cualquiera, como tantos: este es uno que no solo pinta y propone cosas nuevas, sino que además se ocupa con tesón de mantener, de cuidar lo pintado, de sostener la luz con que ha dado vida nueva a esos muros y a este barrio. Cuando miro alrededor, a cualquier esquina de esta ciudad ruinosa y despintada, y veo ahora con calma estas fotos que acabo de hacer, el gesto –valdría decir: la gesta– de este artista me parece un grito, una alarma, un urgente reclamo por toda esta ciudad y por toda la belleza que nos deben y nos falta.

Ernesto Pérez Castillo

Ernesto Pérez Castillo

La Habana, 1968. Escritor. Premio de Novela de la UNEAC por Haciendo las cosas mal (2008). Ha publicado los libros de cuentos Bajo la bandera rosa (2009), Filosofía barata (2006) y las novelas Medio millón de tuercas (2010) y El ruido de las largas distancias (2011).

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