Reflexiones sobre el 7mo Salón de Arte Contemporáneo (I)

/ 23 noviembre, 2017

El pasado viernes 27 de octubre el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales abrió sus puertas para acoger la inauguración del 7mo Salón de Arte Contemporáneo. Desde su surgimiento, ha sido un espacio donde el público capitalino ha tenido la posibilidad de apreciar las creaciones más novísimas que por lo general, han funcionado como catalizadoras de hacia dónde va la producción nacional teniendo en cuenta las jóvenes propuestas. En esta ocasión diversos artistas, de los cuales la mayoría estudia aún en el Instituto Superior de Arte (ISA), lograron mostrar las líneas discursivas por las que transita, a niveles estéticos – conceptuales, nuestro circuito artístico. La inmensa exposición colectiva (resultado de una pertinente selección por parte de los organizadores) es el fiel reflejo del presente y del hipotético futuro del arte cubano. De ahí que no debamos pasar por alto un evento de esta magnitud. Todo lo contrario, únicamente mediante la crítica y la reflexión llegaremos a un consenso teórico acerca de la proliferación de tendencias y la cohesión entre manifestaciones de la que formamos parte como espectadores. Solo a través de la lectura grupal que se consigue en grandes exhibiciones y concursos como este, podemos comenzar a percatarnos por dónde van los tiros.

Si bien la participación ha sido bastante amplia, con más de 20 actuantes, la exposición logra conducir al público por diferentes formas de comprender la creación visual. En este sentido, el mérito lo tiene el proyecto curatorial; ya que al dedicarle una sala a cada artista o grupo que se desenvuelva alrededor de una misma línea de pensamiento, utilizó el Centro de Desarrollo en su totalidad y dividió, estratégicamente, las perspectivas ideo–estéticas. Gracias a la disposición del montaje podemos hallar con facilidad aquellos núcleos que resultan de mayor interés para nuestros artistas más jóvenes. Es así que se conseguimos ser testigos de obras hasta cierto punto performáticas que necesitan de la participación del público; del más puro instalacionismo; de la intermedialidad; de la poesía visual; y del working progress.

Tres salas han sido escogidas para piezas que tienen un carácter instalativo a la par que fomentan una interacción con el espectador. Trappaintings, representaciones sensoriales entre pintura y música (2017), entra a jugar un rol fundamental dentro de esta línea de actividad creadora. La obra pertenece a un grupo autoral en el que intervienen Luis Antonio González (artista visual), Guillermo Moya (artista visual), Angélica María Cruz (músico) y David Rey Padilla (musicólogo). La variedad de disciplinas y el título son indicadores de la interrelación entre pintura y música aquí presentes. La pieza consistió en un proceso performático donde los artistas lanzaban vasos llenos de óleo, cuyos colores tenían una nota musical equivalente, hacia un lienzo ubicado sobre dos grandes bocinas. Sin prácticamente ninguna intervención, la pintura se iba mezclando gracias a las vibraciones efectuadas por el trap (género elegido por los artistas y que le da nombre a la pieza) En boca de sus realizadores, el trap representa la música más baja de la sociedad cubana actual, por tanto, les parecía interesante crear una obra con referencias a Kandinsky donde la abstracción visual resultante correspondiera a un beat aparentemente marginal que se está colando en la cultura cubana y latinoamericana.

Alex Freire y Tamara Campos también se insertan dentro de las creaciones conceptuales interactivas. Con cierto grado de experiencia en esta tendencia, Tamara vuelve a mostrarnos su preferencia por obras que llenen espacios cerrados y oscuros; Alex Freire, por su parte, a pesar de ser muy joven tiene una trayectoria que nos hace prestar atención y pensar que viene pisando fuerte. En esta oportunidad se unen para realizar una obra sin título que consiste en la proyección cenital de unas cajas animadas en tercera dimensión que se mueven y tambalean. Se ha dicho en varias ocasiones la teoría de que una obra de arte no existe sino en su relación con el espectador; pues esta obra representa un ejemplo que logra probar esa afirmación. Es en su interacción con el público que la pieza cobra sentidos. Es él, quien al estar parado encima de cajas que parecen caerse al vacío en cualquier momento, puede generar sentidos en torno a una obra que pretende hacer una crítica social hacia los sistemas contemporáneos, que por mucho que guarden historia, ya no se sostienen en pie.

Jorge y Larry presentaron el video Debajo del hormigón armado hay una hilera de algarrobos (2017). A través de un plano secuencia en primera persona, el espectador es guiado por una mujer en el interior de un apartamento en venta o alquiler. De arquitectura ecléctica, hormigón armado y mármol, es presentado como un hogar de la antigua burguesía de los años 50 que, de alguna manera, está regresando a nuestro país con la intención de reabrir locales de negocios. De esta Jorge y Larry han conseguido representar una situación económica imperante en estos tiempos: la proliferación de los nuevos ricos.

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