La constancia de Finalé…

/ 1 noviembre, 2017

                                                                         “En Moisés Finalé cobra forma diariamente una intensa respuesta artística derivada del contacto sensorial con lo real y con el arte, que le exige trabajar, disfrutar de las acciones plásticas, exteriorizarse”.

Manuel López Oliva

 

                                                                “Moisés es una sugestiva mezcla de “cardenense bonachón”, “intelectual”, “pillo habanero” y “ciudadano del mundo”. Parece llevar en su vida el mismo barroquismo “descuidado”, grácil y a la vez doméstico de sus obras”.

Eduardo Jiménez García

Intro

Cual olas que rompen en la orilla regresan a la Isla los artífices de los ochenta, y comienza todo de nuevo… Cuba vuelve al impass en el que se detuvo la historia de esta generación y retoma el relato justo donde empiezan las páginas en blanco. Es posible que a estas alturas ya podamos hablar de una diáspora ochentiana, constituida por artistas que abandonaron la Isla hace más de dos décadas y ahora, ante la nostalgia del suelo que les dio a luz, sienten la necesidad de volver a sus raíces. Flavio, Consuelo, Gustavo, Glexis y Moisés son algunos de los nombres que saltan a la vista cuando retornar puede ser sinónimo de renacer.

Así regresa Moisés de los Santos Finalé Aldecoa (Matanzas, 1957), marcado por los años y el pernoctar parisino, quien deviene partícipe del nuevo contexto cubano.

Un poco de historia

Mientras en la “década prodigiosa” muchos apostaban por el instalacionismo, el post-conceptualismo, el uso de materiales extra-artísticos, e incluso la performance, el grupo 4 x 4[1] abogaba fervientemente por la “pintura pintura”. Como parte indispensable del “boom de los ochenta”, el equipo “salió a defender el valor de la pintura y la necesidad de renovación temática y formal de nuestras artes plásticas en general”.[2]

Con una sólida formación académica,[3] Finalé es de todo menos un naif, pues pese al lenguaje visual del que se vale, propio de la imaginería y expresión popular (a veces denominada como “kitsch”) y colmado de “pureza infantil” en la factura, la urdimbre conceptual que respalda la apariencia formal trasciende cualquier ingenuidad sospechable. En palabras del artista:

No quiero hacer una obra convencional ni tradicional. Conozco muy bien la técnica porque estuve 13 años en la academia, puedo hacer un cuadro al estilo de Da Vinci. Pero no es lo que me inquieta artísticamente, no es mi manera de expresarme en el arte. Ahora, eso sí: no soy un sociólogo, sino un pintor a quien le parece que este es un fenómeno social que amerita estudiar y seguir de cerca.[4]

Referentes

Finalé toma de todas partes, pero no aleatoriamente, sino tras muchas horas de meditación. Sus referentes son diversos, yendo desde Egipto a la vanguardia plástica cubana, travesía en la que pasa por la estampa japonesa, la iconografía de las máscaras africanas, el fauvismo y la neofiguración, entre otros.

Sus monumentales lienzos simulan diálogos encarnizados entre Wifredo Lam, Servando Cabrera, Mariano Rodríguez, e internacionales como Francis Bacon y Antonio Saura. Es una obra permeada por muchas influencias pero dueña de una estética propia, una iconografía que bebe de numerosas fuentes pero que halló su manera de expresar única e inigualable.

Como llover sobre mojado y volver sobre los pasos del maestro, Finalé no solo se apropia de algunos elementos de la visualidad lamniana para recontextualizarlos, sino que a la vez trabaja con críticos de la obra de Lam como el francés Pierre Gaudibert, quien a partir de su profundo conocimiento de la cultura africana, y como director del Museo de Arte Contemporáneo de Francia, legitimó el arte de Finalé fuera de las fronteras nacionales.

En su obra coexisten armónicamente la modernidad y la tradición, y en este sentido es muy ecuménico, pues no excluye ningún motivo que le pueda servir de inspiración. De ahí que la mixtura técnica sea tan recurrente en sus piezas, haciendo uso de la variedad de materiales que caracterizó a su generación; cree en la pureza plástica y por ello se atreve a conquistar otros terrenos de la experimentación.  En sus coquetos acercamientos a la iconografía religiosa, la desacraliza sutilmente al transfigurar el dolor en placer, no sin antes servirse de sus tradicionales soportes: el caballete, el mural, y el vitral, entre otros.

La utilización de las máscaras africanas, herencia –según el artista– de Picasso y Matisse, le permite hacer uso del anonimato en sus personajes, y a la vez conectar con una de las raíces culturales del pueblo cubano. No se declara practicante, no es descendiente de una familia devota, pero Orlando Hernández lo acercó al misticismo afro-habanero y ahí quedó atrapado, en el arte autodidacta de los fieles y en el gran fenómeno social que constituye el culto.

La máscara es el juego, el entramado de la transfiguración. Desde sus inicios, en la obra de Moisés Finalé apareció la máscara, prefiguración de un misterio, reto del enigma, razón-otra. La máscara no solamente como artificio, pues impone la escenografía y el atuendo. O el desnudo, aturdimiento sorpresivo, travestismo del gesto que pierde su razón cotidiana para animar una connotación en los límites. La máscara llega acompañada por la danza, su natural designio, como en los orígenes, veladura de la gestualidad y del cuerpo deseoso, su energía y su duda. El movimiento se impone como quien anda en un laberinto (…).[5]

Una y mil veces Finalé

La perspectiva antropológica y etnográfica de la que parte Finalé no es una novedad en el arte cubano, ya Mendive desde los sesenta miraba a través de la fantasía propia de los pataquines la adaptación cubana de la religión yoruba. Más tarde, Choco, Roberto Diago, Belkis Ayón, Olazábal, etcétera, se detendrían en esta mirada a las raíces y definirían plásticamente el gran amasijo cultural que constituye la Isla. Sin embargo, Finalé se acerca a este tópico no sólo con una poética muy particular, sino también con variaciones en el concepto: plantea interrogantes vinculadas a la identidad cultural a partir del erotismo y la sensualidad de lo místico, resemantiza los valores fundamentos de la práctica afrocubana al dotarla de una dimensión mayor, la subjetividad del artista.

Aun cuando los entramados simbólicos que edifica exigen un corpus teórico para ser decodificados, su estética es notablemente figurativa, se inspira en la realidad y a partir de ella construye discursos visuales amparados en la oralidad de la práctica religiosa, en los ideales de fe promulgados por esta o simplemente en la cotidianeidad. A su vez, su arte está marcado por la colectividad, y por ciertas ataduras al decenio que lo vio nacer como artista (los ochenta) de ahí la idea de obras interactivas como la “maleta-féretro-relicario”[6] de Se fueron los ochenta (Galería Servando Cabrera, 2007), donde enterró una época de marcada significación para él y los cubanos, en pos de mirar al presente y al futuro.

El proceder del bad painting le sirve de aliado para crear obras marcadas por lo variopinto, por la luminosidad de los colores, el gran formato y la sinuosidad, esta última le que permite al espectador fantasear en la visita a mundos otros.

¿Hasta qué punto levitar es sinónimo de enajenarse?

Pareciera que el arte de Finalé se halla distante de la realidad, que se eleva, conquista otros mundos y evade las acuciantes problemáticas de su día a día. Empero, los títulos y ciertas imágenes –solo detectables por un ojo sensible y entrenado– arrojan luces sobre fenómenos como el éxodo cubano hacia otros países (La salida, 2016) y el matiz de la mirada insular ante el retorno (véase Turista cubano o problemas de identidad[7], 2010). El artista, pese a su permanencia en Francia desde 1989, está a tono con el acontecer cubano, y desde su experiencia, intenta retratar críticamente las problemáticas de la Isla.

El barroquismo acompaña su producción plástica, el horror vacui en las composiciones parece obsesionarlo, quizás por la idea de masa (véase Bla bla bla cubano I y II), remedos de Antonia Eiriz, o por la posibilidad de en una sola obra decir demasiado. Los collages persisten y le ganan al tiempo, agregados de madera, tejidos de plástico, relieves que parecen salirse del cuadro y devorar a los espectadores; la mixtura técnica amplía el alcance discursivo de su arte, lo trasciende.

Último acto

Finalé toma de todas partes, entreteje historias y da vida a personajes fantásticos que sin pertenecer a la realidad parecen habitar en ella. No obstante, mucho hay de autorreferencial en su obra, guiños a la migración, a la idiosincrasia, al sentir de la nación que lo vio crecer y convertirse en artista. Es consecuencia de su tiempo y de sus experiencias ulteriores, es él y sus circunstancias, un conglomerado de afluentes diversos que exigen nuevos derroteros. Dentro del gran relato que fueron los ochenta, Moisés y 4 x 4 fueron dos importantes metarrelatos, que marcaron la época y contribuyeron a inmortalizarla como “prodigiosa”.

[1] El grupo 4 x 4 fue constituido en 1982. Sus integrantes fueron Moisés Finalé, José Franco, Gustavo Acosta y Carlos Alberto García, quienes residen fuera del país desde finales de los ochenta e inicios de los noventa.

[2] Eduardo Jiménez García. Se fueron los ochenta (catálogo). Galería Servando, 25 de mayo-21 de julio de 2007.

[3] Cursó estudios de 1972 1 1975 en la Escuela Provincial de Arte de Matanzas, luego de 1976 a 1979 en la Escuela Nacional de Arte (ENA) y por último, de 1979 a 1984 en el Instituto Superior de Arte (ISA).

[4] José Luis Estrada Betancourt. “El esperado regreso de Moisés Finalé”, Juventud Rebelde (edición digital), 4 de febrero de 2011.

[5] Reinaldo González. Simulacres Atypiques (catálogo). Galería Habana, septiembre 2005.

[6] Eduardo Jiménez García. Ob. Cit.

[7] Obra perteneciente a la exposición homónima, acaecida en 2011 en Galería Habana. Ese fue uno de los tantos regresos de Finalé después de 2003, cuando volviera a exponer en la Isla desde su partida en 1989, la muestra fue exhibida en el Museo Nacional de Bellas Artes, bajo el título Herido de sombras.

Dayma Crespo Zaporta

Dayma Crespo Zaporta

(La Habana, 1994). Licenciada en Historia del Arte. Profesora de Antropología del Instituto Superior de Arte (ISA). Miembro del Consejo Editorial de la Revista Universitaria UPsalón. Colabora con publicaciones como UPsalón, ArtOnCuba, A Mano, Cachivachemedia, D Aquí, etc.

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