La certeza puede ser instantánea….

 La duda requiere duración [1]

/ 10 Enero, 2017

La fotografía es medio que vuelve perdurable el instante irrepetible de la realidad que fluye; su carácter testimonial le otorga el atractivo de confirmar la presencialidad de lo fotografiado; aquello capturado en un instante de tiempo entonces aislado y preservado.

Fotografiar es conferir importancia (Susan Sontag); además de dispensar una memoria visual es, en primer término, el resultado de un proceso selectivo que responde a la intencionalidad de quien realiza la fotografía misma. Una intencionalidad que se devela en el encuadre dispuesto, los niveles de exposición y la velocidad de un obturador que estarán determinando cualidades estéticas en la imagen que al final podrá ser observada. La selección de un motivo a fotografiar, a conferirle importancia, mucho cobija de gracia divina por supuesto, terrenalizada. En definitiva, el fotógrafo es quien decide o no, “eternizar” en una visual al sujeto de su fotografía; al menos hasta que el papel fotográfico no se carcoma o la obsolescencia no liquide el medio que lo contiene. El fotógrafo se nos presenta como una suerte de redentor del olvido en microhistorias que nos circundan o, pasajes de esa otra Historia con mayúsculas que en ocasiones ha demostrado sufrir de un alzhéimer misteriosamente deseado. Pero a tales niveles de oficio ya sabremos que pocas ingenuidades tienen cabida y las gratuidades son bastante escasas.

Sin embargo, es inobjetable que la memoria visual es sustancialmente importante para evitar la propensión a repetir Errores de mayúsculas tan imponentes como las otras subrayadas. Claro, existe un punto de labilidad en la Memoria y en el testimonio visual mismo, estudiado por doctos específicos del tema en sus específicos campos. Sucede que la Memoria en ocasiones se trastoca y la mente asume fabulaciones como recuerdos verídicos: una distorsión de la realidad repetida insaciablemente puede llegar a percibirse peligrosamente como la realidad misma.

Así se suplantan lagunas de la Memoria con fantasías exprofesamente fundadas, se construyen mundos, ensayos que terminan dándose por certeros, suerte de realidad implantada que se resguarda en menguas de ese otro mecanismo de la Memoria que es el recuerdo. Y es que en definitiva el recuerdo se edifica por reconstrucciones que nunca refrendan tal cual la realidad vivida.

La obra de Linet Sánchez actúa beneficiándose de ese margen lábil de la Memoria y la realidad misma, se aprehende del carácter testimonial de la fotografía y juega con la percepción que puede tenerse del referente. Linet logra que se sostenga la mirada sobre su obra: total simulación siempre a punto de poder ser confirmada como veraz. Y…durante el tiempo que se decide permanecer frente a las fotografías es que surge la duda, los índices que alertan de una imagen perfectamente construida. La dualidad ficción-realidad se densifica, no se trata solo de la construcción perfecta de la imagen a capturar en el espacio del encuadre, sino de la detección también de que es una maqueta lo que está siendo fotografiado. Los índices de lo real realizan una operación de suplantación de lo falso para adquirir por completo otro nivel de realidad.

La imaginación o la proyección hacia el futuro emanan de la contorsión de la conciencia y son reflejos de una personalidad. Linet Sánchez cimienta sus escenarios y, valdría, el escrutamiento del sentido que acogen. Configura maquetas de espacios arquitectónicos: elementos culturalmente asociados a una temporalidad proverbial; y genera sus imágenes mediante la fotografía, medio que enfatiza la misma temporalidad que connota su sujeto. Que controversia la de Linet cuando elige presentar sus maquetas carentes del rastro de toda acción lejos de su fisicidad y a través de la fotografía, medio indexical por excelencia.

Las obras llaman la atención sobre lo que muestran como verídico. En ellas se expurga todo referente viviente y un silencio dramático se acentúa con la iluminación y el blanco imperturbable que compromete la imagen. Evocación visual de un recuerdo fabulado que por su exquisitez se delata como inverosímil, pues bien sabemos que la perfección solo radica allí, en los predios de la ficción.

[1] Sentencia emitida por Alfonso Viada Fernández, en La ambigüedad de la fotografía y su utilidad terapéutica, en Intersubjetivo, No. 1, V. 5, Junio, 2003, pp. 108 – 118.

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