Todos hicimos zafra

/ 1 marzo, 2017

A Machete (como le solían decir sus amigos a Rigoberto) y Leovigildo

In memoriam

El reportaje de las zafras cubanas fue tema frecuente y tenaz en el fotodocumentalismo cubano del siglo xx, y con menor intensidad y desde otra mirada en el xxi. Las circunstancias históricas entre un tiempo y otro cambiaron. De colosales denuedos y millonarias metas, el corte de caña y los ingenios altamente productivos pasaron a espoleados esfuerzos y aletargados centrales. Pero, en esencia, las manos y los testigos siguieron siendo los mismos: el hombre de campo humilde y ajado que bajo precarias condiciones deja el aliento en cada corte.

En el registro de la imagen también han mutado los enfoques. Amén de clichés en el tema, subsiste un intento por buscar más allá del objetivo clásico, del personaje “pintoresco”, del encuadre típico formal de la brigada victoriosa, el machetero sonriente por el deber cumplido, el héroe-obrero de la nueva sociedad. Esos patrones fueron quedando al margen del camino. En la fotografía documental más contemporánea se enriquecen los modos de mirar sin desplazar en demasía el eje de la toma: el sujeto, sus enseres alegóricos y el Central. Esto sucede básicamente en las de ensayo de autor, realizadas por motivaciones personales, de perfil más introspectivo, crítico, abocadas más al concepto que a la forma. No así en el fotorreportaje por encargo para la prensa, donde las fórmulas de representación aun señorean con sus viejas vestiduras.

Hecho que no es algo nuevo, ni aporte de las nuevas culturas visuales. La anarquía de la mirada, gradual y comedida, proviene de la historia. No solo de la mejor fotografía sobre trabajadores y campo (Evans, Lange, Shahn desde Norteamérica; Salgado por Sudamérica), sino también de la propia herencia bebida en nuestra Isla. Menos conocida, no divulgada o apocada en su momento, la fotografía cubana sobre el corte de caña y sus protagonistas, más profunda, meditada en sus alcances estéticos, sociales y ontológicos, ha ofrecido legado. Aunque aun no se le reconozca lo suficiente.

En una ocasión, al preguntarle a un fotógrafo veterano sobre esta temática y sus principales hacedores en los años sesenta y setenta en Cuba, me respondió categórico: “Todos… sí, porque todos hicimos zafra”. Y no asumido en el sentido pletórico de la expresión como se le conoce en buen lenguaje nacional (hacer fortuna, arrasar con todas las ganancias), sino con el deber de estar, de cumplir la condicionante histórica ineludible de cubrir el suceso, muchas veces alternando cámara con mocha. Trabajar a la vez como reporteros y macheteros era parte de crear.

En aquella época, muchos de estos fotorreporteros obraban por encargo para las publicaciones periódicas (destaca por su edición, concepto y uso de las imágenes Cuba Internacional); algunos, tras efectuar el trabajo “de plantilla”, dejaban un espacio para el reportaje más personal. (…) Funcionaba también que ciertas fotos que eran descartadas por el editor ejecutivo o máximo regente de una revista o periódico, su autor las rescataba y conservaba. Numerosas de esas imágenes quedaron proscritas y fueron a parar a las carpetas privadas; no se exponían o publicaban, al menos en época. Obras de una solidez discursiva a tono con el escenario internacional y con los más exigentes basamentos formales y conceptuales del género. Ya fuese por pedido o por inspiración, siempre fotodocumentalismo, respondían a códigos tradicionales: en blanco y negro, con privilegio de la función testimonial, composición de estudiado lenguaje, mensaje unidireccional y sin grandes ambages en el manejo y propuesta de contenidos.

Muchos sostuvieron la reiteración de moldes en la forma de tratar el objetivo fotográfico, por ejemplo: los muy socorridos retratos de personajes frontales, en solitario o en grupo, con vista directa a cámara, deslustrados pero risueños, donde primero por directiva y luego por creencia popular la ropa no podía salir rota. No se debía empañar ni el optimismo ni el gesto homérico, en virtud de una instrucción directa; o las fotos en igual postura elevando el machete, el diploma o el estandarte de brigada millonaria.

No los increpo, fueron fotografías de circunstancias y doctrinas. Cuestionables fueron los que jugaron a hacer imágenes con verdades profundas, donde parecía que divisaban al ser humano por encima del modelo acomodado para la exigencia de la ideología de turno, y no eran más que figuraciones, ardides construidos en pos de ganar certámenes y recorrer más rápido el sendero de la legitimación y sus prebendas. O los astutos que apostaron por los dos códigos a la vez: la fotografía de macheteros gloriosos con olor a premio (incluso hasta entrados los años ochenta) y la obra supuestamente más visceral, humana, implicada con el mejor valor del arte. Algún día la historia de la fotografía cubana –que todavía está por escribirse– lanzará sus luces sobre el asunto, otorgando los justos lugares. (…)

Grethel Morell Otero

Crítica de Arte e investigadora. Historiadora de la fotografía cubana. Dos veces Premio de Investigación Fotográfica (Fototeca de Cuba, 2009 y UNEAC, 2010). Publica en las más importantes revistas culturales cubanas y en numerosos sitios web especializados. Autora del libro Damas, esfinges y mambisas. Mujeres en la fotografía cubana 1840-1902 (Ediciones Boloña, 2016). Premio Nacional de Crítica de Arte Guy Pérez Cisneros (2016).

Comments

Publicidad

  • Editor in Chief / Publisher

    HUGO CANCIO

  • Executive Director

    ARIEL MACHADO

  • Executive Managing Editor

    TAHIMI ARBOLEYA

  • Art Director

    LLILIAN LLANES

  • Editorial Director / Editor

    DEBORAH DE LA PAZ

  • Design & Layout

    VÍCTOR MANUEL CABRERA MUÑIZ

  • Translation and English copyediting

    MARÍA TERESA ORTEGA

  • Spanish copyediting

    YAMILÉ TABÍO

  • Commercial director & Public Relations / Cuba

    LUPE PÉREZ ZAMBRANO

  • Web Editor

    MARILYN PAYROL

Boletín de Noticias Art OnCuba

* Este campo es obligatorio