¡Shhhh!

/ 1 Marzo, 2017

“Parece como si el individuo moderno sintiera la necesidad secreta de permanecer fuera de sí mismo, de ser transportado, de verse envuelto en un ambiente estimulante o embriagante, con la conciencia agradablemente anestesiada”, insiste el sacerdote español José Antonio Pagola. La vida en la sociedad contemporánea transcurre sumergida en el ruido atormentador que provoca el constante “flasheo” de imágenes, textos y sonidos a nuestro alrededor. La metralla publicitaria y la informativa –a veces tan frívola como la primera– no dan sosiego a nuestros cansados ojos y nos conducen hasta la taza de café, o directamente al botiquín.

Muchas teorías comprenden este fenómeno dentro de una administración oblicua –pero calculada, ex professo– del tiempo y el espacio del pueblo desde el poder. Lo que otrora podía ser la abierta frustración de la palabra, en la actualidad muta hacia mecanismos mucho más refinados. Se trata de abandonar el rancio modelo Panóptico por vías de control mucho más sutiles como la supuesta gestión personal de los propios intereses y gustos, consabida treta del mercado –institución que funciona bajo lógicas que contribuyen a conservar las desigualdades sociales, la explotación y el consumismo.

Miles de formas de entretenimiento han surgido para no dejarnos a solas con nuestra conciencia, con nuestro silencio. Embriagados en él podemos quitarnos las máscaras que estamos forzados a llevar día a día, podemos liberar los dolores ocultos, las esperanzas e inconformidades. Es en el silencio que nos hacemos, en definitiva, las preguntas inevitables: ¿de dónde venimos, quiénes somos, a dónde vamos? Es entonces que pensamos, y nada más peligroso –por subversivo y revolucionador– que un ser humano con el ingenio despierto. El silencio para aquellos interesados en conocer la libertad, a contracorriente de la sociedad en la actualidad, es una necesidad impostergable.

De raíz, la cultura occidental a la que pertenecemos ha preferido la plaza, el foro, el agobiado ajetreo, a la distención y la meditación características de Oriente. Por supuesto que esta apreciación binaria no distingue aquí los innumerables matices, interferencias y desplazamientos que ocurren hoy día y que promueven la temprana caducidad de los conceptos y definiciones, tornando risibles las generalizaciones. Se propone solo ser una débil coordenada. De ahí que el silencio encuentre valoraciones dispares en las dos culturas. En Occidente, la retórica; en Oriente, la contemplación, la meditación, el haragei[1].

La exhibición El silencio de Duchamp, en Factoría Habana, nos convidó a repensarnos el término, a entrenarnos en la lectura de sus usos, matices e implicaciones en un momento crucial de remolde de nuestra sociedad, un período que nos exige una pausa, precisamente, para pensar.

(…) El silencio, lejos de vacuidad de sentido, contiene todo el potencial decible; es materia rica, abundante, contenedora de inmensa sabiduría. Las curadoras Concha Fontenla y Meira Marrero elevaron en el espacio galerístico una tesis curatorial que permitió el desmontaje de la noción de silencio en lo político, lo sexual, la historia, lo informativo (las estadísticas, abstractas hasta su ilegibilidad), lo intercultural y en la experiencia de la emigración. En las obras seleccionadas la reflexión filosófica y lingüística en torno al término, la especulación, cobran sentido, veracidad y fuerza al aplicarse a la representación o el comentario sobre experiencias o fenómenos concretos. (…)

[1] En Japón, el arte de la comunicación no verbal.

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