La memoria de Ajubel y el olvido de Ajubel

/ 1 diciembre, 2017

Ni en las vistas de la montaña Sainte-Victoire de Cézanne, ni en las de Tahití de Gauguin, ni en las de Arlés de Van Gogh hay una voluntad explícita de realidad en lo que se nos representa, sino la autosuficiente tensión por ir un poco más lejos de lo literal y encontrar el punto de contacto entre lo falso y lo verdadero, lo aparente y lo esencial, o lo sensual, en su versión más jubilosa, y lo conceptual. Como no hallaríamos esa voluntad en el pintor que nuestro artista cubano (Alberto Morales Ajubel, Sagua la Grande, Cuba, 1956) quería ser ya de chico: Rembrandt (…).

Sin desterrar jamás esa temprana vocación, Ajubel se aplicó durante años a otra destreza, la del dibujo, con la que impartió magisterio desde las páginas del mítico DDT, mostrando sus capacidades en ese territorio, para sintetizar las múltiples metáforas y paradojas que nos hablan del esfuerzo de los hombres para conformarse como individuos.

Más pronto que tarde, sabíamos, que el Ajubel pintor regresaría plenamente para polemizar con lo que de externo y accidental hay en este presente en que la modernidad se halla en entredicho. (…) Y he aquí que se ha decidido finalmente a mostrarnos sus bellas fantasmagorías, que pueden ser mal leídas superficialmente como una evocación de sus orígenes tropicales, una suerte de paseo por la casa primordial del recuerdo, entre el folklorismo y un indigenismo por momentos incomprensible; ni más ni menos que lo que un espectador foráneo aguardaría de la honda cubanía de su demiurgo, “cuban art for export”, un abastecedor más del decorativismo insular listo para el consumo irreflexivo. Lo que no es el caso. Lo que no es su caso.

Porque siempre he visto en los ojos de Ajubel una especie de juego permanente de obturadores fotográficos, en el que tan pronto cerraba uno, o los dos, o mantenía ambos abiertos, buscando imprimir en algún lugar de su mente unas imágenes con el punto justo de imprecisión para poder luego descreer de ellas y no tener, por tanto, que rendirse servilmente a su evidencia. Unas imágenes que en su propia condición de debilitada o sobreexpuesta instantaneidad poseyeran algo del germen de lo eterno. O, si lo prefieren, algo de la conciencia como sujeto pictórico, que es en lo que vinieron a dar buena parte de los mejores presupuestos artísticos modernos.

Pero, con ser este proceder una buena manera de recrear lo creado y de conferir a lo lejano más viveza, en estos cuadros hay otro proceder o así se me antoja, que despierta en mí la incredulidad en pos de la que siempre voy, cuando me cito con una obra buscando lo que ella alberga de experiencia.

Me refiero al rozamiento permanente que preside su pintura, fricción que estalla en una lujuria de chispas cromáticas, tan fluidas a ratos entre la memoria y el olvido; haz y envés de una identidad personal que mira su autobiografía indistintamente en ambos espejos de su mente, para extraer unas imágenes que no sabemos si están a punto de borrarse o de reafirmarse, y que, en esa medida, solo nosotros, los espectadores, podemos amnistiar o condenar, otorgarles un antes o un después.

(….) Los sueños eufóricos de Ajubel están hechos para nuestras vigilias; parecen producirse con el solo objetivo de complementarlos.

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